31 de marzo de 2011

Perder el tiempo

Ahí está, el más astuto de los hombres, condenado a empujar ese enorme peñasco ladera arriba. 
Obsérvalo agotarse y entorpecerse bajo el calor del verano, afanarse y tiritar en invierno, cargando con su castigo hasta lo más alto para ver luego rodar su esfuerzo ladera abajo.
¡Pobre Sísifo! Rey necio, quiso rehuir la muerte y ahí lo tiene: toda la inmortalidad dedicada a lo absurdo.
Mas, fíjate, ahora que el peñasco se tambalea y cae girando con rabia hasta detenerse, diríase que exhausta por la inercia ¡podrás verle sonreir!
Como él, nosotros empeñamos la vida en causas estúpidas de las que sólo obtenemos una sonrisa momentánea antes de regresar a la faena, a la búsqueda infructuosa, a la lucha sin resultados.

Extraña locura la que compartimos con Sísifo; lúcidos únicamente a última hora del día.