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12 de junio de 2015

Indiana Jones y la torre de control

A mi abuelo se le ha ido la olla, dijo sin parecer compungido por ello. Había pasado el fin de semana conduciendo hasta su pueblo para ver al viejo, que padecía demencia senil y al parecer ya no recordaba a ninguna de las personas que se acercaba a visitarle a esa habitación aséptica del hospital.
No habla mucho, me confundió con un hermano menor que murió cuando él tenía catorce años, pregunta por su madre o gente a la que nadie conoce, en fin, anda algo jodido el hombre. Dice mucho, ay, las malagueñas, siempre fueron las más bonitas, o que tenemos que ir a Oporto parando en el Valle del Jerte, todo blanco, rosa, verde, y agita las manos y se ríe. No con picardía, sino con un aire entre infantil e inocente. Se lo debió pasar bien el abuelo.
La última tarde que estuve con él tuvo un momento de lo que en un principio creímos que era lucidez. Mi padre me dijo hace tiempo que mi abuelo se dedicó desde bien joven a vivir de la música en todas sus posibilidades, organizaba algún bolo amateur, tocó en algún que otro grupo todavía más verde, vendió discos, montó una tienda, pinchó en algún garito. En fin, se buscó la vida como pudo haciendo lo que le gustaba y, según se arrancó a contar ese día mi abuelo, en muchas ocasiones se dedicó a la compra-venta de lo que encontraba para mantenerse a flote. Era un mediador, ese que sabe poner a dos en común para llevar a cabo un transacción; un conseguidor al fin y al cabo, dijo.

Motos, coches, alquileres, entradas, en todo lo que veía tajada me metía. Necesitaba el dinero e iba detrás de él. Una vez me ofrecieron una avioneta, una bimotor con hélices, muy sencilla y pesada como un demonio. Tenía que llevarla de Málaga a Ibiza, así que me busqué un amigo que se acababa de sacar el título de piloto y nos fuimos a por ella. Se la iba a alquilar a una empresa de publicidad que quería recorrer el cielo de las playas de la isla, paseando un cartel con anuncios y sonando como un moscardón gigante bajo el sol. 
Hicimos la ruta hasta Cartagena sin problemas, a mediodía, y partimos con el sol aún bien alto hacia el aeropuerto de Ibiza. De repente, cuando ya estábamos a mitad de camino, empiezo a notar al piloto algo nervioso. Mueve las piernas muy rápido de arriba a abajo, mira la consola de mando con rictus rígido, ansioso, disimula el hecho de que está echando miradas furtivas y rápidas hacia todos los lados de la cabina diminuta.
Qué pasa, le digo. No oigo nada, me contesta. No oye la radio, nada, cero, completamente en silencio; creo que se ha roto y la luz del alternador está apagada. Al oírlo me entró el miedo a mi también, a punto de entrar en un aeropuerto con centenares de vuelos comerciales al día que pasarían por encima de nosotros si no podíamos comunicar posición y pista, sin poder hacer señales para buscar un espacio para tocar tierra con la noche ya entrante. Yo no tenía ni idea de para qué servía aquel maldito alternador, pero el que la luz estuviera apagada parecía preocupante para el que sabía pilotar, así que yo empecé a preocuparme aún más. 
Durante lo que parecieron horas fuimos alternando los ataques de histeria el uno y el otro. Yo pensaba en la muerte y él pilotaba en silencio y me decía que iba a poder hacerlo, él pensaba en acabar amerizando de noche y yo le aseguraba que íbamos a llegar hasta una pista de aterrizaje sin que pasara nada más. 
De pronto, tiene una idea, se saca el móvil y me dice llama a mi novia, trabaja en las oficinas de Aviación Civil, seguro que sabe dónde llamar; y como no teníamos señal en el teléfono, decide reducir la altitud a tres-cuatro metros por encima del nivel del mar, picado y oscuro en ese momento. Llamo a la novia, ella descuelga otro teléfono y con uno en cada oreja acuerda con la torre de control del aeropuerto de Ibiza detener el tráfico para un aterrizaje de emergencia. Para cuando lo vemos por fin a lo lejos, más de una docena de aviones comerciales dan vueltas sobre la pista, a la espera de nuevas órdenes, mientras nosotros nos acercamos lentamente, zumbando, a nuestro ritmo. Aún nos permitimos dar unas vueltas sobre la pista antes de aterrizar, porque mi amigo no acaba de ver claro en qué lugar debemos descender.
Al final llegamos de una sola pieza, sudados, abrazándonos de alegría y resoplando y en mitad de todo aquello sale de la torre de control un tipo más bien raro, con el pelo largo, alguna que otra rasta y pendientes en las mejillas. Se acerca con sus gafas pequeñas y sus ojos diminutos, con zancadas de larguirucho y nos dice que lleva un buen rato haciendo señales con las luces de la torre. De fondo, el primer avión comercial de los que esperan sobrevolando Ibiza se aproxima hacia la pista como un cachalote blanco llegando del cielo.
El tipo pregunta qué ha pasado y se mete en la cabina a hurgar en la consola, mientras nosotros le contamos atropelladamente los hechos: sin energía de reserva, sin radio con que avisar, volando sobre un mar embravecido, de noche. Hasta que él, que parece que no está prestando mucha atención a lo que decimos, ve el piloto del alternador y sin pensárselo lleva la mano a un pequeño interruptor y lo levanta con dos dedos. Entonces una luz tenue indica que el alternador vuelve a estar encendido. Después sale del avión, se enciende un cigarrillo, intercambia un par de frases con nosotros y se marcha, como si todo aquello no fuera con él.

Mi abuelo se quedó entonces callado y se echó a reír como un niño. Luego nos contó una historia de un niño que tocaba el tambor calle arriba y calle abajo en su barrio a la hora de la siesta. 
No sé de dónde se sacó la historia, aunque sospecho que fue otra de esas que ha visto en la televisión y que toma como propias; como aquella vez que recordó haber navegado el Ganges selva a través y haber visto tigres e indígenas en taparrabos con cerbatanas. Aunque antes de irme apuntó que la avioneta había acabado en una rotonda, convertida en una escultura sin utilidad en una carretera sin tráfico y sin que nadie se atreviera a volver hacerla volar.
En fin, a mi abuelo se le ha ido la cabeza y ya no sabe si una vez fue él o Indiana Jones. Supongo que un poco como le debe pasar a Harrison Ford.

23 de marzo de 2015

Pájaros sin reloj

Recuerdo, ahora que conduzco por la A-22 y me aproximo a Zaragoza en una tarde de invierno atravesando esta planicie aburrida que puede ser nuestra geografía durante kilómetros y kilómetros, cierta brevísima historia que me contaron hace años.
Me la contó una profesora de primaria nacida en la zona, durante una de sus clases en el colegio público al que yo asistía. Han pasado muchos años ya, aunque menos que los kilómetros que yo llevo recorridos, pero recuerdo aquella historia con todo detalle, igual que el gesto de la maestra al contarla o la impresión que causó a sus tiernos alumnos escucharla, tan cruda como era, tan cruenta como demostraba ser una realidad que apenas empezábamos a conocer.
Cuando era niña, aquella maestra a la que llamaré E., pasaba los días interna en una residencia de Huesca, dado que su pueblo en los Pirineos no tenía capacidad ni alumnado para un instituto propio. Algún que otro fin de semana su padre bajaba de la montaña con un Talbot antiguo y casi acorazado provisto de unos neumáticos de nieve a buscarla, en un camino serpenteante y estrecho de más de dos horas.
En el camino de vuelta, nos contaba, mataba el tiempo mirando por la ventana, observando como las estaciones se sucedían sobre el paisaje y la tierra de semana en semana. A veces, ya con el otoño bien entrado, decía, la nieve y el hielo se adelantaban y cubrían los árboles y los campos, creando un manto blanco que solo rompía el asfalto, ya por el calor de los tubos de escape y el caucho caliente, ya por el paso ocasional de alguna máquina quitanieves, ya por alguna palada casual de sal.
Al rememorar aquel escenario, aquella naturaleza muerta que crea el invierno en el campo, se encontraba puntualmente con unos protagonistas curiosos: pájaros, gorriones corrientes y diminutos, que no habían tenido fuerza para emigrar al Sur o que se habían retrasado en su búsqueda de tierras más cálidas, como si se hubieran olvidado de mirar el reloj y se les hubiera pasado su cita anual con el sol. Lo contaba como si fueran personas despistadas, de las que llegan tarde a los sitios o se les va la cabeza en otra cosa y vuelven con el arroz pasado.
El caso es que esos gorriones rezagados buscaban comida entre la nieve y el hielo con poco éxito, pasando frío y hambre y supongo que, si pudieran, si realmente fueran como personas despistadas que llegan tarde a las citas, arrepintiéndose de no haber abandonado esa tierra antes. Dado que en el campo no encontraban nada, los pájaros volaban hasta la carretera, donde los motores habían ejercido sobre el pavimento el calor suficiente como para echar al hielo de la calzada. Revoloteaban en ella, buscaban qué comer, picoteaban allí y allá y se apartaban deprisa y agitados cuando algún vehículo se aproximaba.
Sin embargo, alguno de ellos, quizás por la inanición, no encontraba la fuerza necesaria o no reaccionaba con suficiente prontitud y moría literalmente aplastado por algún neumático. Sus cuerpos reventaban y se quedaban deshechos y pegados al asfalto por las vísceras y la sangre, mientras sus compañeros de bandada volvían atareados a la afanosa tarea de buscar comida, como si nada hubiera pasado o nada, efectivamente, se pudiera hacer ya.
Así se sucedían los primeros días de invierno para los pájaros en las carreteras del Norte de Aragón que no habían sabido mirar el reloj a tiempo, entre el hambre y la certeza de la muerte.
Escuchábamos la historia boquiabiertos, gesticulando ante ella para avisar a los gorriones de la que se les venía encima; aquel jugársela día tras días por algún insecto con hipotermia o un grano caído duro y correoso. No nos dábamos cuenta de que para algunos de nosotros nuestras vidas iban a ser unos años más tarde muy parecidas a las de aquellos pájaros; la vida nos obligaría a muchos a quedarnos en una tierra ya estéril o fuera de temporada, que no podía ofrecernos más alimento que las sobras de un festín en su crepúsculo a aquellos que no tuviésemos reloj o la inteligencia suficiente como para prever la llegada temprana del invierno.
Recuerdo, ahora que conduzco hacia la nieve, aquella historia y pienso que todos los que escuchábamos éramos pájaros que solo buscan cobijarse a tiempo del frío.

3 de febrero de 2015

La fotografía

No te lo había contado, pero encontré una fotografía dentro del baúl de recuerdos que dejó nuestro padre al morir. A pesar del desorden reinante -ya lo pudiste comprobar cuando aquella mañana de octubre lo abrimos y lo descartamos rápidamente como parte de ese legado involuntario que dejan todos los finados: montones de objetos aparentemente inútiles que no figuran en su herencia y que por algún motivo que se nos escapa a los vivos conservaron hasta el último día- en aquel enorme cofre de madera repleto de pasado, aquella fotografía parecía poseer una entidad propia entre entradas de cine desgastadas, souvenirs de cualquier parte del mundo, pases -rotos- a conciertos a los que tú y yo nunca podremos asistir, cartas manuscritas de gente a la que nunca conocimos; recuerdos, en fin, que en algún momento él debió considerar representativos de situaciones que vivió, supongo, con cierta intensidad. Ya no puedo preguntarle si fueron recuerdos felices o tristes los que configuran el contenido de ese baúl.

Como sé que aún tardarás un tiempo en volver por esta ciudad, déjame describirte la imagen: Debió ser tomada muchas décadas atrás, a tenor del estado del papel y su color algo dañado por el paso del tiempo, como si el proceso de revelado hubiese seguido por su cuenta, sin detenerse por el hecho de que alguien decidiera estampar la imagen.
En ella una mujer a quien no podría poner nombre, pero que en cualquier caso no es esa joven muchacha a la que en sus fotos de juventud podríamos identificar como a nuestra madre, mira el mar. Por la luz, esa luz tan particular, cálida, entre amarillenta y anaranjada, que parece imitar la del sol sobre un oasis, puedo situar la fotografía en algún punto del Mediterráneo, ese mar que tantas veces nos llevó a ver nuestro padre y que observaba con cierta nostalgia cuando, siendo aún pequeños, tú y yo preferíamos la arena y sus castillos o correr por el paseo marítimo antes que adentrarnos en él.
En este caso, el mar no parece algo a lo que haya que temer; la imagen lo ha congelado en una suave balsa de colores azules y turquesas que se deja recorrer por la mirada de la joven semidesnuda. Está de espaldas a la cámara y solo lleva puesta la parte de abajo de un biquini colorido y a rayas amarillas, naranjas y rojas. Los pechos se quedan en una parte de la fotografía que se ha perdido en el tiempo y en los recuerdos de los que estuvieron presentes en la escena; quizá solo nuestro padre conservase memoria de aquel par de tetas, que imagino pequeñas y firmes, como desafiando al mar que las contempla y al oportuno voyeur, suaves al tacto y festoneadas de minúsculos brillos provocados por el salitre, la arena y el sol; quizá, si estaban solos en la playa como me gusta pensar que estuvieron el fotógrafo y la retratada, el recuerdo de aquellos pechos, ahora que él ha muerto, se ha perdido para siempre.
Tampoco podrá decirme qué miraba la joven, ni cómo era su cara, si era tan bonita como yo quiero creer que era viendo su espalda, cuál era su nombre y a qué dedicaba su tiempo, si era estudiante o trabajaba, qué le gustaba comer y leer, además de, supongo, a hacer feliz a aquel joven que muchos años más tarde se convertiría en un viejo calvo y amarillo con la mirada algo gris. Aunque, supongo, en aquel preciso momento ninguno de los dos se imaginaba cuál sería su final o, aún menos,  que había un final para ese instante.

Dado que me llevé la fotografía del trastero que alquilamos a medias para ir depositando todas esas cosas que no quisimos repartirnos, pero tampoco consideramos apropiadas para el contenedor, he tenido ocasión de estudiar cada pequeño detalle de la fotografía. Congelada por el tiempo se queda una mata de pelo rizada asida por un coletero, haciéndole señales a un barco lejano y a una isla que se divisa a medias, tapada por la figura de la joven casi en su totalidad, igual que estanca en la imagen se ha quedado la bruma, esa que es palpable los días de calor y que enturbia la línea del horizonte. He podido descubrir, además, en el margen inferior de la fotografía, casi fuera de encuadre, una diminuta bandera sobre algo que podría ser una torre de arena; que entre los dedos tiene un pitillo y que, casi invisible por el brillo excesivo y la decoloración, lejos de allí navegaba un velero.
Sin embargo y esto te parecerá tan ridículo como propio de mi, el detalle más importante se me pasó de largo hasta hace bien poco, cuando por casualidad la fotografía se deslizó fuera del sobre donde la había guardado y cayó del revés en mi cocina. No sé en qué andaba yo, porque fue mi hija la que, a saber cuánto tiempo después, la recogió y me la entregó con ojos interrogantes. No me la dio mostrándome la imagen, sino el dorso, donde por primera vez me di cuenta de que había algo escrito. Sorprendentemente, mi hija no quería que le explicase dónde, cuándo, quién y cómo en esa fotografía, sino por qué alguien podría haber escrito esas palabras para, ella inocentemente lo creyó así, su padre. 
Al leerlas yo también comprendí cómo, en su error, se sintió mi hija, sorprendida ante la nueva personalidad revelada de su padre, un hombre al que solo conocía una mujer, su madre, al que no imaginaba sonriendo a otras que no fueran ellas dos tras hacerles una foto o corriendo una aventura amorosa en una playa lejos de allí. Comprendí que nosotros tampoco nos habíamos imaginado así a nuestro padre, que nunca llegamos a tratarle como si, además del de padre, hubiera desempeñado otros papeles en su vida. Comprendí que fue amigo y amante, y también tan inexperto como lo hemos sido tú y yo, y que debió cometer errores y obtener grandes victorias sobre las que no supimos jamás. Comprendí, en fin, que no conocimos del todo a nuestro padre.

No pienses, no obstante, que aquello me entristeció -y no debes entristecerte tú tampoco por estas líneas- porque al mismo tiempo caí en la cuenta: aquello me alegraba; no por el hecho de un padre con aristas desconocidas, sino por el hecho de saber que no siempre fue padre y que tuvo la oportunidad de vivir como nosotros una juventud y una vida distinta a la que yo le conocía, tan enclaustrada en sus obligaciones.

Por ello, espero que no me lo tengas en cuenta, he enmarcado y he puesto la foto en la estantería del salón; ese momento que quiero imaginar feliz para nuestro padre y una desconocida me ha parecido una buena forma de guardar su recuerdo.

PS: Ah, sí, las palabras escritas en el dorso:

Grecia. Efjaristó, mon amour.

25 de noviembre de 2014

El mundo sin abrigo

Imagínatelos en cueros, con la carne al descubierto en situaciones en las que normalmente se protegerían con una camisa, un vestido, unos pantalones.
Imagínate que solo llevaran sus chaquetas para protegerse del frío y que despojarse de ellas, en el metro o el autobús, al llegar a la oficina o al entrar en el supermercado, fuera un striptease tan natural como socialmente aceptado.
Imagínatelos a todos desnudos. Ese hombre que se parece a Alfredo Landa, esa colegiala de falda plisada y a cuadros que lee 'Leyendas y Rimas' de Gustavo Adolfo Becquer (cuando tú y yo estudiábamos eran 'Rimas y Leyendas', hasta ese punto hemos perdido la poesía) ese ejecutivo trajeado que mira al frente marcial y engominado, esas dos señoras que intercambian recetas camino de vete a saber a dónde.
Así es como veo yo el mundo, despojado de artificios y tan vulgar como en realidad es.
Recuerdo que ella lloraba en un banco, en un parque, una tarde, y yo solo podía pensar en que sus axilas estaban empapadas; corroboro que cada vez que un jefe se me ha impuesto con órdenes yo he observado sus tristes pelotas flácidas y peludas colgando; que podría interrumpir a los más persuasivos oradores para decir: tu piel se arruga de una forma extraña sobre tu labio superior, o simplemente: tienes un moco ahí; que viendo porno no puedo apartar la vista de la celulitis que folla en pantalla.
Observo el mundo y este me devuelve su imagen en bruto, sin malear, sin sublimar, sin pretensiones de agradar o embellecer.
Observo el mundo y este es sincero, lo cual es de agradecer algunas veces y detesto la mayor parte del tiempo ahora que ya nadie aplaude mis ocurrentes verdades, mi afilada minuciosidad.
Imagínate el mundo desvestido, como aquel día que salió a la calle el emperador y yo grité: ¡está desnudo!
Y la gente aullaba y aplaudía y reía, sin saber que la condena era la mía, que, al tiempo que lo decía, me dolía, que yo sí quería ver su traje nuevo.

9 de octubre de 2014

Gente normal

Hace tiempo que no sé nada de mi amigo W. aunque conociéndole lo poco que le conozco dudo que él utilizase esa palabra, amigo, para definir nuestra relación. Era, o es, más bien, uno de mis conocidos más queridos, una de esas amistades del siglo XXI: sigues su actividad aquí y allá, la que puedes ver en los distintos perfiles online o de la que él quiere informarte, tienes retales de su vida a través de fotos, esbozos si escribe algunas líneas en su bitácora pública y te das por satisfecho con eso, porque una llamada no procede y haría que ambos sintiérais acabada la conversación después del primer qué tal estás y las cuatro frases comunes en ese tipo de diálogos: todo bien, como siempre, aquí sin mucha novedad, aunque quizá todas ellas no sirvan para resumir grosso modo un fragmento de vida y simplemente sirvan para evitar ahondar en temas que al otro no le conciernen, que no queremos compartir o que no tenemos tiempo a desarrollar.

Su desaparicion fue algo abrupta. Un día, sin más motivo, simplemente dijo adiós y sus perfiles dejaron de estar activos y su bitácora no recibió nuevas actualizaciones. Este tipo de salidas de escena pueden ser hoy por hoy más confusas que la muerte; ésta se lleva a alguien sorpresivamente y tú te enteras porque la gente comparte mensajes de duelo y dolor que lees con algo de estupor, era tan joven, es increíble, no parecía enfermo, no merecía irse ya; supongo que las reacciones siguen siendo las mismas a pesar de lo mucho que ha cambiado la forma en que nos enteramos de la noticia o podemos responder a ella.

No creo, en todo caso, que W. haya muerto, de ahí que me resista a hablar de él en pasado. Creo que simplemente decidió apagar una parte de su vida a la que no le encontraba satisfacción alguna. Creo también que salió de escena detrás de una mujer, quizá argentina, quizá chilena, no recuerdo, y se mudó con ella a Buenos Aires o Santiago, utilizando como excusa la mierda de panorama que teníamos por delante los profesores universitarios en España.

Quizá allá haya encontrado plaza docente, que era una de sus metas la última vez que pude compartir terraza y cerveza con él, o esté trabajando como un animal de carga, como se trabaja en todas partes actualmente dicen, en cualquier otra cosa que le permita llegar a casa con un sueldo para comer y salir al cine o comprar libros de cuidadas ediciones que subrayar y releer cuantas veces el tiempo libre le permita, alternándolos con los fines de semana al lado de su argentina o su chilena, que sé yo, que le recibe cada noche tras una larguísima jornada con un cansado qué honda o un cómo fue, y él se derrumba agotado a su lado, sin más ganas que de abrazarla y despertar al día siguiente con su sonoro buen día o escucharle decir un largo pucha en la u cuando le cuenta que todo ha ido como la mierda, porque fulano le cagó la mañana, pero que es maravilloso poder tenerla tan cerca a diario y que no cambiaría su plaza en España, sus amigos y familia, su proyecto de novela, por instantes como esos, en los que ella se le amarra y se le olvida todo: que tuvo otra vida, que tuvo otros planes, que se vió rodeado de otra gente y que compartió en sus perfiles y en su bitácora otra clase de cosas que nada tienen que ver con su argentina o chilena, quién sabe, y que renunció a todo a cambio de convertirse en una persona normal.

20 de agosto de 2014

El olor del vino

Cuando me contó la siguiente historia, acompañaba yo a Don F. a su visita diaria a los viñedos. Hablaba mientras revisaba con ojo experto las espalderas y examinaba con detalle las vides engarzadas a los hilos metálicos.
En el momento en el que ocurrió debía tener él unos 15 años. Me contó que se había enamorado entonces de una joven a la que había conocido en un campamento de verano al que sus padres le habían enviado mientras realizaban un crucero por el Nilo, una ilusión que acompañaba a su madre desde hace muchos años y que su padre, viéndose fuerte de bolsillo, se decidió a cumplir.
La llamaba G. y era un año menor que él. G. ya sabía cómo utilizar la sexualidad que caracteriza a las chicas a esas edades: prematura para los de su edad adolescente, deliciosa para esos prontos adultos recién llegados al polvo, las carnes prietas y la lencería de centro comercial.
G. era pura sensualidad, nervio adolescente y avanzada madurez. Nunca antes había conocido a una mujer así, me decía Don F. camino del bar, con esa fuerza para transmitir sus decisiones, con esos andares firmes y peligrosos, que viniera a besarme y lo hiciera como si no importara nada más que ella y yo, allí y entonces, en algún punto de la sierra granadina a mediados de julio, o donde y cuando cojones pasara todo aquello, que me hago viejo y se me olvida. Eso me decía.
En esas andaba, adolescente, hormonado y enamorado el Don F. casi niño cuando apareció por el campamento un nuevo monitor que vino a agitar aquel verano que estaba pasando como pasan los primeros veranos al acabarse la niñez. 
Puede que al enfrentarlo ahora lo viera de otra manera, pero su recuerdo lo describía con la planta de un guerrero antiguo, la efigie de un Aquiles alto y de músculo cincelado, de espalda ancha y extremidades ágiles y fuertes, aunque -matizaba- un rostro mas bien mediocre, algo desvirtuado por un agresivo acné del que, si bien no quedaba rastro, si había dejado huella.
Se correspondiera o no el recuerdo con la realidad, aquel monitor supo mirar a G. y G. sintió el escalofrío que sienten las adolescentes cuando un mayor se fija en ellas: agradecen el gesto, supongo, coquetean con ellos, desde luego, y queda en manos de cada una hasta dónde les permiten llegar.
Flirteaban, parece ser, sin ningún tipo de pudor ni reparo en que F. estuviera por allí, lo que le sacaba de quicio y le azuzaba los celos irremediable y comprensiblemente. G. seguía fiel a su noviazgo veraniego y negaba la mayor, por supuesto, pero no podía evitar esa mirada derretida del que desea y que a F. le hacía saberse un estorbo, mientras su rival se pavoneaba y se dejaba querer, al tiempo que -creía F.- merodeaba su presa.

En este estado andaban las cosas cuando se encontraron un día los tres en la cancha de frontón. Contra aquella pared de hormigón verde rumiaba y peloteaba todas las tardes mientras G. trenzaba pulseras de hilo y le hablaba de una tierra que él nunca llegaría a conocer. Era aquel un espacio para ellos hasta que se vio invadido por, digámoslo ya, su rival.
En qué términos se decidió el partido no lo recordaba Don F. con claridad, pero sí que aquello se convirtió en una carretera de polvo y arena en la que se colocaba de frente a un enemigo, la mano sobre el revolver, el sombrero calado y la mirada aviesa del que va a tirar a matar. Él, un chico enclenque y nada dado al deporte, frente a aquel gigante de mirada altiva que no apartaba la vista de las piernas de ella. David y Goliat jugando al frontón por el control de Egipto e Israel.
F. debió de ser un pasable jugador de tenis durante su infancia, porque aguantó punto tras punto el embate del oponente. Si le adelantaba en tres, él ganaba dos, si llegaban a un empate con ventaja, lo deshacía con resolución, si el otro saboreaba la victoria, él le igualaba el marcador. Y siempre en silencio, sin algarabía, hosco a la mirada de G. que, a él nunca le expresé esta opinión, debía asistir a una pelea de gallos con la emoción infantil del que se sabe en buena rifa.
Durante más de hora y media prolongaron el partido. Corrían, sudaban, golpeaban la pelota y se retaban en cada punto. F. recordaba cómo se le iba torciendo la mirada al otro, puede que porque esperase un contrario más fácil de rendir, puede que porque la memoria es mentirosa y quiere ver con el tiempo lo que le pasó desapercibido en el presente. Por ello el relato del último punto era épico, Ulises llegando a Ítaca, Atila cabalgando sobre Roma, la derrota de los turcos en Lepanto, Nelson herido en Trafalgar, la batalla del Ebro hasta la última bala, hasta que F. rompió a su rival con pelota lenta y larga que voló por encima de la raqueta, del brazo estirado, del cuerpo atlético y la cara erosionada, de las enormes deportivas alzadas cinco palmos sobre la pista agrietada y botó una vez y luego dos y tres y rodó como con prisa hacia el roto de la verja que servía para entrar y salir a la parte de atrás de la cancha.
Dijo Don F. que no lo celebró. Que solo se irguió un poco más que de costumbre al ver al gigante doblado por el esfuerzo y el peso de la derrota, que tiró la raqueta a sus pies, como Vercingétorix pero sin haber sido derrotado, y que cogiendo a G. de la mano abandonó el campo de batalla, sin mediar más palabra.
No sé si fue mi primera victoria, pero la recuerdo como si así lo fuera, me dijo Don F. arrancando con la mano varias uvas pochas y descartándolas para la tierra seca. Todas las victorias, dijo, saben a esa, todo el buen vino ganado a una mala cosecha huele a ella.

10 de agosto de 2014

Brevísimo apunte autobiográfico incompleto

Esnifábamos cocaína como disparábamos a los perros con nuestras escopetas de balines, bebíamos litronas calientes o hablábamos de follarnos a todas las mujeres que nos cruzábamos a la salida de la discoteca. Lo hacíamos porque era lo que creíamos que debíamos hacer.
Y lo hacíamos todo igual, con la misma intensidad desesperada del que lo quiere todo en el preciso momento en el que lo imagina, la del que no se puede permitir guardar nada para mañana, no por nihilismo o hedonismo, sino por el simple hecho de que tiene poco o nada.

Visto ahora y aquí, cincuenta y tantos años después, creo que solo éramos unos niños que tenían prisa por ser adultos cuando solo habían empezado a orillar la adolescencia. 
Por eso seguíamos echando carreras monte arriba, hacia el cementerio, donde los caminos de tierra se encabritaban y sacaban cabriolas de nuestras motos; asaltábamos desnudos el mar, corriendo como para dejar todo atrás; o compartíamos unas setas y nos tumbábamos a mirar las copas de los árboles contra las nubes, el cielo azul, los pájaros y el rumor del bosque.

Niños jugando a cosas prohibidas para los mayores, eso éramos.

28 de mayo de 2014

Matemáticas

Era profesor de química y todos le llamábamos Don P. Se ponía gafas de sol solo para dar clase y a veces olía a cerveza, especialmente después del almuerzo, cuando subíamos del recreo y teníamos que sentarnos a recitar de memoria la maldita tabla periódica. 
Digo olía y no apestaba intencionadamente, porque lo primero supone un aroma que se desprende, que emana naturalmente de alguien, mientras que lo segundo, apestaba, tiene unas implicaciones peyorativas que no se corresponden con la figura de aquel profesor algo taciturno y derrotado que impartía, sucesivamente, química, física y matemáticas en mi clase de primaria.
Siempre fui un estudiante de ciencias pésimo. Cada jueves al llegar a casa me tocaba copiar la tabla periódica de arriba a abajo, de izquierda a derecha: alcalinos, lantánidos, halógenos, metaloides, por imperativo de aquel hombre que resoplaba cada vez que yo olvidaba el número atómico y el símbolo, por ejemplo, del Radón.
De igual manera, copié si no una, cien veces, la tabla del siete y realice como un autómata docenas de conversiones del gramo al kilo, de este al decalitro o al mililitro y vuelta a comenzar desde el principio sin entender en ningún momento para qué demonios iba a necesitar todo aquello en un futuro en el que todavía no tenía claro si quería ser psicólogo, como mi madre, o regentar un bar, como hacía mi padre.

Dada y demostrada mi ineptitud para todo lo relativo a los números, siempre me sentí algo responsable del espíritu embotado y triste que mostraba en clase Don P. Al fin y al cabo, pensaba, llega cada día a este aula tratando de enseñarnos una materia con la que aprenderemos a ordenar el mundo, entender el espacio-tiempo, ser resolutivos y funcionales en el mundo que nos espera, y yo solo le puedo devolver números mal escritos y enunciados no resueltos, aunque sin una falta de ortografía.
Lo prolijidad con que encabezaba los problemas que dictaba con esa voz aflautada, impropia de alguien de su envergadura, no me excusaba ante mí mismo -pues no hay peor juez que uno mismo a tan corta edad, cuando la línea entre lo bueno y malo está tan exquisitamente clara y bien trazada que la culpa y la recompensa son bache y meta de fácil acceso- por esas horas en las que jugaba con la X a despejar de la ecuación, la N del radio de una circunferencia o la A y la U del oro, olvidándome de que las letras tenían en ese contexto otro fin distinto a mis malabares.
Tampoco, por supuesto, me disculpaba un ápice ante Don P., que, supongo que aseveraría la mirada tras sus gafas de sol, apretaba los labios como única señal de disgusto ante la parálisis permanente que exhibían sus alumnos, algunos, por otro lado, sobresalientes en todas aquellas materias que no impartía él e incluso en esas mismas materias durante años anteriores.
En algún momento llegué a barruntar que varias generaciones de incapaces para los números habían minado  a aquel profesor otrora brillante, como lo era John Keating, capaz de levantar de sus pupitres a los alumnos más díscolos con entusiasmo, de hacerles resolver integradas, exclamar hipotenusas, hallar el mínimo común múltiplo de la esencia del universo y, en lugar de un poema, escribir una fórmula sintética con que resumirlo.
Llegue a pensar que todos, yo el primero por esa costumbre tan infantil de tomar lo poco conocido como medida del mundo, le provocábamos ojeras y jaquecas que debía ocultar tras las gafas, que a base de disgustos le habíamos obligado a refugiarse en el tabaco, el alcohol y la comida, y de ahí ese cuerpo orondo, ese andar fatigado y acompañado de bufidos, patizambo al apresurarse por no llegar tarde a clase cuando sonaba el timbre.
Llegue a pensar eso y mucho más -cosas como pequeños cabrones, hijos de puta sin futuro- al mirar a mis compañeros de pupitre, sólo por tratar de empatizar con aquel hombre que, pensaba, no tenía culpa por haber dado con unos ineptos como nosotros, incapaces de entender que el concepto infinito será siempre inasumible para cualquier ser humano, como lo es el no-ser de Parménides o la muerte, propia o ajena.
Aquella culpa me acompañó los dos últimos años de primaria y los tres siguientes de secundaria en los que me tuve que enfrentar cualquier asignatura relacionada con los números. Cada vez que aparecía un 2 me entraba el tembleque, sudores fríos si había más de un decimal e incluso me mareaba y perdía la vista si las cantidades ascendían a más de cuatro dígitos, para disgusto de mi padre, que veía en cada mácula del boletín de notas, en cada elección de itinerario académico eludiendo todo lo relacionado con el cálculo, un potencial fracaso de su único hijo a la hora de extraer márgenes de beneficio del café con leche.
Así, haciendo fintas para evitar las matemáticas, fueron pasando los cursos, hasta que pude respirar tranquilo en mi bachiller de Humanidades y posteriormente en mi carrera de Historia, donde progresivamente me olvidé de todos los números, aunque nunca de aquel ser mitológico que había sido Don P. y sus gafas de sol, intrigado como nos tuvo siempre por lo que escondía detrás de ellas.
No fue hasta casi 10 años después, cuando cursaba mi último año en la facultad, que pude dar por finiquitada aquella extraña fascinación.
Ocurrió en un aeropuerto, de regreso de uno de mis habituales viajes a Cartagena para ver a una novia con la que mantenía una sólida relación a distancia. Mientras esperaba el embarque, se sentó a mi lado un tipo con la pierna enyesada, orondo, viejo y desaliñado, que tardé varios minutos en reconocer.
No hubiera sido difícil imaginar que aquel hombre de edad bien avanzada era la evolución lógica de mi antiguo profesor de matemáticas, si no fuera porque ya no llevaba gafas de sol y unos intensos ojos de color parduzco, desconocidos para mí, escrutaban el mundo a cara descubierta, sin la barrera que tantos años antes me había parecido tan natural en él, restándole todos los años que el tiempo le había echado en forma de senectud. 
Creo que él no me reconoció, aunque traté de ponerle situación: curso del noventa y tantos, escuela pública de tal, sentado en la segunda fila a la izquierda del encerado, muy cerca de su mesa y la ventana desde donde se veía el patio, con fulanito y menganito como alumnos destacados, por sus logros o por sus andanzas.
Creo que no me reconoció, digo, pero aún así le debí encontrar exultante y hablador, porque en apenas 45 minutos supe más de lo que pude arañar en los años que compartimos tres horas semanales de clase. Supe entonces que era un fiel amante del arte del bonsai, que invertía horas en cuidar sus árboles en miniatura, en los que derrochaba casi todos sus ingresos; que su plaza como profesor nunca fue en Matemáticas, sino en Educación Física y que debido un problema congénito de rodilla llevaba años de baja, pues el departamento gubernamental correspondiente, sin mucha averiguación, le había considerado invalidado para dar las clases de gimnasia que, sobre un papel, debería tener asignada; que su ex mujer era policía y que le había abandonado cuando descubrió su affair en la red con una jornalera latinoamericana con dos hijos en Perú y un marido preso por pertenecer a una mara; que su hijo era transportista y que le iba bien, que él supiera, porque nadie de su familia le había perdonado aquel escarceo que comenzó como algo inocente en un foro de contactos de Internet.
Hablaba y yo asentía, solo por darle entender que seguía el hilo de su narración, porque en realidad tenía poco que decir mientras él se iba desnudando lentamente ante mí, desmontándose minuto a minuto, descubriéndome que aquel ser mítico de mi infancia, que aquel genio de la ciencia y los números, era un ser vulgar, lleno de carencias y ausencias y vacío de cualquier otro estímulo que no fuera él mismo y sus estúpidos árboles enanos.
Y así, en la sala de espera de un aeropuerto, mientras un profesor de matemáticas retirado por el Estado se adentraba en sus miserias sin saberlo -porque lo eran para mí y no para él- yo comprendí la importancia del hecho de desmitificar la Historia, de mirar a los ojos a los grandes nombres del pasado para comprender que fueron mis iguales, que quizá ni se ganaron su hueco en los libros de texto, sino que lo dictaron a niños sorprendidos y superados que escribían sin conocimiento, sin que nadie le supiera explicar la lección.
Fue entonces cuando pude librarme de mi culpa y perdí el miedo a los números, consciente de que aquel que los comprendía no era mucho mejor que yo.
Embarcamos y él se fue a su asiento y yo al mío, y, por primera vez, puede calcular mentalmente el coste económico de un fin de semana con mi cartagenera y lo que suponía su equivalente en facturas del gas y la luz a lo largo de un año.
Aquel día, es cierto, me libere de la culpa y me deshice de los mitos, pero también comencé perder a una novia a la que no quise volver a ver.

28 de abril de 2014

Línea 9

- Hijadeputa

La anciana tiene el pelo completamente cano, níveo diría un escritor del siglo dieciocho, y ha soltado el insulto entre dientes al oído de su interlocutora, pero con el volumen suficiente como para que lo oiga ella, su nieta y las cinco personas que la rodeamos a las siete y media de la mañana en la línea nueve.
La afluencia de gente en esta franja horaria varía en cuestión de minutos. A las ocho menos cuarto el andén está lleno de gente que se afana y las escaleras se bajan de dos en dos y de tres en tres; diez minutos antes el ambiente es incluso relajado, adormilado y ralentizado por el madrugar, sucedido a cámara lenta y sin la premura del que no madruga tanto.

- Shhhh, eso no ¿eh? Madre, eso no

En los ojos de la anciana se apaga algo. Más bien, todo. La furia con la que ha insultado desaparece y parece no comprender lo que ha dicho unos segundos antes. De asesina a inocente permanente, de culpable a exculpada perenne. Ha olvidado lo que ha dicho, lo que quiere decir y lo que siempre ha pensado: sus ojos son los del cachorro que todavía no ha visto en la calle los peligros que le aguardan.

- Sí.

El tren que llega se le lleva los ojos y la mirada perdida y también el enfado a la hija, que tiene el pelo rizado y un poco revuelto, como la ama de casa que quiere estar a todo y no llega, y se peina y seca el pelo con prisa a las seis para poder darle el desayuno a la niña y vestir a la madre, tomarse el café con leche  y ponerse el traje de chaqueta rojo que le regalaron en su último cumpleaños, aquel que envejece en el armario sin que llegue ese día especial para el que quería reservarlo cuando lo desempaquetó.

Cuando entran en el vagón y varias personas se levantan uno recupera la fe en el ser humano, como si la buena intención del que cede el asiento redimiera mil años de comportamiento animal. Casi se puede oír crujir la espalda de la anciana y la hija a la par mientras la nieta, la hija, arrastra su mochila entre piernas trajeadas y semblantes dormidos. La edad la dicta el chirriar del cuerpo y no los años y así lo demuestra cualquier trayecto en el transporte público de esta ciudad.

- Siéntese, madre, siéntese. Venga, siéntese, que la dejan sitio, siéntese.

Y la madre de la madre se sienta y extravía la vista en los pasajeros, mientras se suceden las estaciones: Duque de Pastrana, Colombia, Príncipe de Vergara. Ella se olvida de cada una al ritmo que llega, Duque de qué, Colom cómo, Príncipe de tal, bla-bla-bla de una voz robótica que advierte que hay salidas peligrosas, curvas sinuosas, paradas cada vez más lejos de aquel lugar que tu hija llama casa y tu ya no reconoces si quiera como algo habitual.

6 de febrero de 2014

Monstruos que fuman

En un estanco al sur de Madrid una joven muy maquillada y de cara algo equina me enseña una gran sonrisa mientras entro por la puerta apurando el cigarrillo, seguido por el invierno mesetario, que se cuela en cualquier parte cuando le das la espalda. 
Hace un frío del demonio estos días.
 
- Buenos días, caballero ¿fuma usted? 
Me cuesta siempre recordar que en los estancos además de fumadores puede uno encontrar a otro tipo de clientela asidua, porque si no, qué sentido tendría ese cartel: Prohibido Fumar que colocan en las puertas y que se antepone entre tú y seis millones de cigarrillos y otros tantos gramos de picadura para pipa y papelillos con actitud algo grouchiana: un club de fumadores donde no permiten fumadores.
Me hago mayor, pienso también, y las azafatas jóvenes me tratan de usted, como ha debido tratar esta ante la que me disculpo por no acostumbrar su marca al anciano que rasca con unas llaves un boleto o a la señora de la que cuelga un niño, del que cuelga un muñeco antropomórfico y rojo.
- ¡Beatriz, cuánto tiempo!- Dice la estanquera- Ya pensaba, esta no vuelve a aparecer por aquí ¿cómo va todo?
- Pues liada, hija, como todos, dame dos paquetes de Camel y el abono del mes, me traigo ahora a este del colegio para comer y luego a la peluquería, y dame también un encendedor, hasta que llegue Antonio, que aquí cada uno tiene sus horarios.
- Uy, Antonio, hace tiempo que no le veo tampoco, digo ¿habrá dejado de fumar?, el de la zona A, como siempre ¿verdad? toma, esto por un lado, pues también la Clara me preguntaba por ti el otro día ¿vas a darte tinte? y esto por otro
- No, no, qué va, a pagarle el mes pasado, este no toca, gracias, toma cóbrate también lo que te debo de la otra vez, el cartón y el abono
- Dos cartones
- Eso, dos cartones y el abono, que una no puede estar yendo al peluquero cada dos por tres, que con la gracia son cuarenta euros que ahí se quedan
- Pues yo te iba a decir que te veo mucho mejor así, como con las mechas californianas esas y el pelito suelto

La criatura antropomorfa y roja trepa por la pared hacia el mostrador y el cristal de doble grosor haciendo ruidos guturales que atestiguan el esfuerzo de la escalada y lo temible de su llegada. El niño parece dispuesto a permitir que destruya con fuego, rayos o hielo, indistintamente, todo lo que vaya a encontrar a su paso una vez corone la cima.

- Buenos días, caballero ¿fuma usted?
- No, no, buenos días Tomás ¿rascando un cuponcito?- Otro anciano y el invierno se acercan hacia el hombre enfrascado en su tarea. El frío es un vahído a los pocos segundos y las hojas secas hacen un remolino y se quedan en la puerta.
- ¡Hombre! Pues sí, a ver si toca y nos saca de pobres, que si no, no hay manera.
- Eso está bien, hombre ¿Qué tal los nietos?- Le da una palmadita en la espalda y se queda a su lado, atento a la segunda fruta que aparece en el boleto, por si fueran tres sandías y hubiera suerte y de pronto todo el estanco se convirtiera en una algarabía de dos mil quinientos euros- ¿Tu hijo y tu nuera siguen buscando trabajo?
- Y sí, que está fastidiada la cosa y no hay manera, fíjate que el otro día decía Toño que si se iban al pueblo de su madre a coger trabajitos de camarero, que así se adelanta a los que van a buscar empleo para el verano en la playa y yo que sé- Alza la mano con algo de desdén y vuelve al ataque con la tercera fruta oculta empuñando su llavero- y, qué digo yo, si no habrá también aquí turistas para atender todo el año que se tienen que ir y dejarnos a nosotros con los críos, que se pasan toda la semana comiendo y cenando en casa.
- Bueno, menudos son, y los míos igual, no te creas, está mi mujer preparando comida y tuppers a todas horas, que ya hace comida para cinco y compra como para siete, rasca, rasca, a ver si sale, vamos que no sé yo cómo estiramos la pensión ¡no sé yo!

Evidentemente, la tercera sandía no sale. Creo que son unas cerezas o una fresa o no sé, porque quiero comprar mi bolsa de filtros sin que una criatura antropomórfica y roja me devore o me escupa fuego o rayos o hielo, que sé yo, y acabe aquí frito o congelado por venir a un estanco en el momento menos oportuno.
- Buenos días, señora ¿fuma usted?
Una señora sobre la que pesan ciento doce años así a ojo de buen cubero entra apoyada en un bastón de nogal barnizado dando pasitos muy cortos, impelida por el viento más de lo que este debería obligar a apresurar el paso a alguien de su tamaño y edad. 
No parece apropiado intentar venderle tabaco, me digo cuando me cruzo con ella de salida, a tenor del tubo de goma que lleva insertado en las fosas nasales y que serpentea hasta la bufanda y por debajo del chaquetón gris y desgastado.
Aún así, la azafata sostiene la sonrisa y el parpadeo con valiente heroísmo, por la gloria de Marlboro, gritaría si pudiera, aquí un buen cigarrillo y después gloria.
 
El invierno se me engancha a la barba, me tira de las orejas y cuelga de mi nariz, mientras huyo de un monstruo rojo que todavía no ha comido hoy, de cuarenta euros pendientes en la peluquería y el abono de la zona A de este mes y del pasado, de unos hijos y unos nietos que se cenan la pensión, de una anciana que se enfrenta al frío con botellas de oxígeno, como se enfrentan al Annapurna los alpinistas.
El invierno es hostil, pero, igual que el día a día, siempre lo ha sido. Ocurre que durante mucho tiempo se nos había olvidado, quizá por la calefacción, quizá por lo largo que puede llegar a hacerse el verano en una ciudad de cemento, pero la memoria del frío parecía algo pasado. Como las deudas, los hijos y los nietos a cargo, la muerte o aquellos años en que fumar costaba doscientas pesetas. Había quedado todo atrás, en el trastero, olvidado. Como los monstruos antropomórficos que escupen fuego, rayos o hielo.

8 de enero de 2014

Trilogía del Movimiento: Tres

A veces la vida parece pasar entre momentos y circunstancias que se asumen como excepcionales, como si se hubiera instalado en lo provisional y así estuviera cómoda, sin necesidad de asentarse en una rutina o de adolecer de una costumbre. Esas veces la vida parece como un eterno fin de semana en el campo o cerca del mar, que más da, el caso es que parece un fin de semana lejos de la gente corriente.
La sensación, sin embargo, es la de un impostor, la de alguien que está ahí de prestado.

Recuerdo esa sensación a cuenta de un tipo al que conocí durante mis años en Fayetteville, en el bar cerca de la facultad de Filología y Literatura Española donde ejercía como profesor adjunto y que solía frecuentar junto a mis colegas de departamento. Le llamaban Bob, aunque sospecho que no era su nombre real.
Aparentemente, Bob, o como se llamara, si es que su nombre auténtico llegó a importarle a alguien en algún momento, no tenía más ocupación que la de sentarse a la barra de madera de alcornoque a vaciar una pinta tras otra, lentamente y sin prisas, como el que ha hecho del tedio su ocupación y se dedica a ello en cuerpo y alma, concentrándose en cada pequeño sorbo, en cada viaje a sus labios, en la fina capa de espuma o en las burbujas de su budweiser cuando se acercaba sorbo a sorbo al culo del recipiente.
Le acompañaba siempre una flat coated retriever de pelo liso y azabache, con un pañuelo verde enroscado a modo de collar a un cuello ancho y que en otro tiempo debió ser altivo y esbelto. Jamás llegué a saber el nombre del animal, igual que nunca entendí ni una sola palabra de las que pronunciaba Bob, siempre en evidente estado de embriaguez o demasiado ensimismado en su cerveza como para molestarse en alzar la voz lo suficiente como para hacerla si quiera audible.
Si bien a día de hoy, pasados ya tantos años de aquellas tardes entre la luz tenue y las paredes verde ocre, solo acertaría a esbozar cuatro detalles de Bob -quizá lugares comunes de cualquier mendigo: el pelo ralo y sucio, el chaquetón desgastado, la tez morena y curtida, surcada de arrugas- sí recuerdo con claridad los dos pares de ojos de aquel curioso dúo. Los de él de un azul casi extinto, los de ella cubiertos por esa capa blanquecina y tétrica que dejan las cataratas sobre las miradas.
Paseaba la perra, pese a aquella niebla en la vista, con total seguridad por el bar, olisqueando el suelo en busca de algún cacahuete extraviado, olfateando a los clientes no habituales, moviendo el rabo y apoyando el hocico sobre el regazo de los parroquianos que frecuentaban el establecimiento en busca de un gesto o una palmada en el lomo.
Titubeaba pocas veces en ese andar parsimonioso y cansado que solo muestran los animales más viejos. Quizá al dar con el morro en un taburete fuera de su lugar habitual o al perderse en el laberinto formado por mesas y sillas de grupos alborozados y numerosos. Nunca, sin embargo, la vi perder la pista de su dueño.
Ya de noche, cuando el bar olía a los primeros cubos de lejía y los últimos rezagados remoloneaban codo en barra y arrastrando la lengua, se postraba junto a él, pendiente de su respiración pesada y rota, de su sueño intranquilo con la cabeza escondida entre los brazos, el cuerpo encorvado y volcado sobre la barra y la última pinta del día.
Aguardaba pacientemente a que el dueño agitara a Bob y le acompañara a la puerta o se encargaba de lamerle con cariño la cara cuando completamente borracho se caía del taburete y continuaba su sueño en el suelo, estirado todo lo largo que la gravedad no le permitía cuando se hallaba en posición vertical.
El animal ciego era entonces el guía y acompasaba su paso a los tumbos del amo, girándose de tanto en tanto para oler el aire y cerciorarse de que continuaba junto a ella el camino hacia las vías del tren, perdiéndose ambos al final de la calle, bajo la luz mortecina de las farolas que al día siguiente les volverían a ver llegar hasta la puerta del bar.

Pienso en aquellos años y en Bob y en la perra ciega y no puedo evitar sentir cierta nostalgia por todas esas escenas del pasado a las que asistí sin participar en ninguna de ellas. Ni siquiera para acariciarla o preguntar su nombre, como si saberlo fuera a situarme fehacientemente en aquella trama y me sacara del papel de espectador de un entreacto en el que siempre me esforcé por permanecer.

28 de noviembre de 2013

Microrrelatos

1
 
Cásate con la dueña de algo, le dijeron, y se casó con una mujer dueña de si misma
 
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2
 
Le dejó en los postres, desde entonces el fin del amor sabe a tarta de queso
 
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3
 
Se enamora de ella cada mañana, durante 5 paradas: De Gran Vía a Cuatro Caminos. Cada tarde la engaña con otra de Moncloa a Chamartín
 
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4
 
Lo abrió en canal con la facilidad que se trincha un pavo. Nunca lo sabría: en España no se celebra Acción de Gracias
 
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5
 
Se santiguaba en los vagones como se santiguan las ancianas en los aviones a pesar de que solo tenía 20 años y que Dios no baja hasta el andén de la línea 6
 
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6
 
El espíritu de su madre se le aparecía cada noche para colocar salvamanteles y repasar con un trapito los rincones más difíciles de su nuevo hogar
 
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7
 
Columnista, tertuliano y crítico hasta el fin de sus días, nadie descubrió que era sordo hasta que lo reveló su viuda
 
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8
 
Tras meses de visitas semanales a su consulta, se armó de valor para pedirle una cita al veterinario. Rompieron meses después, cuando descubrió que a su perro no le pasaba nada
 
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9
 
Cada mañana, al bajar del autobús, se presentaba en la oficina con una denuncia por secuestro contra todos sus superiores
 
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10
 
Adoptó un schnauzer blanco y le enseñó a dar la patita, hacerse el muerto y a pontificar
 
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25 de septiembre de 2013

Trilogía del movimiento: Dos

Puedo presumir de una virtuosa y providencial memoria de experto fisonomista, de un don casi profético para recordar cualquier rostro en el que en algún momento haya posado la mirada. Por eso adoro los trayectos de metro de camino a la oficina o de vuelta a casa, es como viajar en vagones repletos de conocidos que no harán que te detengas a saludarles, pero que en cada encuentro dejan entrever pequeños detalles de cómo les va la vida.
Podría, por ejemplo, localizar al violinista que interpreta incansablemente una y otra vez una versión instrumental de Robbie Williams acompañado de su estertoroso altavoz en las líneas cinco, tres, diez y seis; llevaros hasta el mago de la siete, la uno y la tres que convierte el agua en champagne y el papel en billetes de cincuenta euros y se enfada con los viajeros cuando ninguno de ellos le presta atención -yo consigo llenar vagones de gente que viene a verme, grita de tanto en tanto con ese marcado acento italiano y agitando la varita y un trozo de cuerda que se vuelve rígida cuando él la acaricia- o hablaros de los problemas cotidianos de esa adolescente que ahora mismo se tambalea de forma ridícula con el traqueteo del tren al tratar de sentarse y adivinar el estado de ánimo de esa mujer con la permanente tan bien fijada contra los vaivenes de la vida por el libro que está leyendo.
A la mayoría de ellos -digamos unos cuantos millones- puedo ponerles nombre. No sois muy conscientes de lo fácil que resulta acabar descubriéndolo por casualidad en el punto de un libro, en una llamada que respondéis, en un encuentro con alguna amistad, al revisar la cartera o juguetear con el móvil cuando nos encontramos en los túneles o compartimos vagón. En mi memoria tú y yo nos cruzamos ayer y anteayer, te recuerdo como tu me recordarías a mi si hubiéramos compartido asiento durante años. Con una gran diferencia: para ti no soy nadie y, por tanto, rara vez reparas en mi presencia cuando estoy a seis pasos de ti, lo que me convierte, prácticamente, en un ente invisible para todos vosotros.
A veces simplemente estoy ahí, sin prestaros mucho atención, concentrado en un libro, en la música o en mis manos. A base de mucha práctica he conseguido acallar los resortes que dispara la mente cuando reconoce un rostro o un cuerpo familiar y la mayor parte del tiempo sois vosotros los que sois invisibles para mí. Otras me apetece saber qué es de vosotros y vuestra vida y solo tengo que levantar la vista para que en mi memoria se abra un diminuto cajón en un gran archivador. 
Así como Borges creía que el universo estaba formado por un número indefinido y tal vez infinito de galerías hexagonales repletas de anaqueles con libros, yo describiría mi interior como un vastísimo archivador de color verde oscuro y tacto rugoso en el que guardo, entre otro número indefinido de recuerdos, fotografías de la mayor parte de vosotros. 
En muchos de los cajones hay solo una fotografía, son los de esas personas a las que he visto en mis viajes fuera de esta ciudad; en otra gran cantidad de recipientes hay dos o tres fotografías, algunas realizadas en esta ciudad, otras tomadas en un encuentro fugaz allí donde veraneasteis hace unos años o incluso en aquella escapada de fin de semana. Aunque os parezca increíble, os asombraría lo sencillo que resulta también coincidir con vosotros una y otra vez en una sociedad que se rige por el tiempo y su control, que tiene estructuradas sus vidas por calendarios con los mismos días laborables, horas y periodos de ocio y recogimiento muy similares, gustos y actividades escalofriantemente parecidas. Observándoos como yo os observo a veces, tan detenidamente y tan avalado por la memoria, os diría que a veces nuestro tiempo parece más bien secuestrado y conducido por unos usos, modas y costumbres que hemos aceptado sin cuestionar ni rechistar, más que gestionado por nosotros mismos.
Lo prueban esa inmensa cantidad de anaqueles borgianos en los que hay libros enteros sobre vosotros. La mayor parte del tiempo nos movemos en los mismos pasillos del metro, yendo y viniendo de lugares de sobra conocidos, haciendo constantemente la misma sucesión de cosas, viendo a las mismas personas. Somos animales de costumbres, aunque la mayor parte del tiempo no queramos aceptarlo. 
Luego cada uno se complica o facilita la vida interior a su gusto. Ese caballero trajeado de la derecha, por ejemplo, trabaja en una oficina de la periferia, tiene dos hijos, una esposa y una amante, hace poco murió su padre y su madre, a la que ve solos algunos fines de semana, requiere más de él por teléfono de lo que a él le gustaría. Me lo he encontrado más de una noche abrazado con ardor a su amante -una exuberante latina de carácter suave y voz melosa que vive a doce paradas de su casa- besando cariñosamente a la que ha sido su mujer durante los últimos quince años o tan distante y enojado con las dos como si en realidad ninguna le importara lo suficiente. Lo he visto jugar y reñir con sus hijos, reír con algún que otro amigo al que me he cruzado en incontables ocasiones los días que me da por regresar andando a casa; lo he visto perder la mirada en una pantalla. Eso es, por cierto, lo que más veces nos vemos hacer y lo que, de unos cuantos años para acá, hace cada vez más aburridos los trayectos en metro: lo mucho que nos perdemos en nuestras pantallas.
Como a él, os veo envejecer lentamente, como vosotros podríais verme a mí si tan solo vuestra minúscula memoria, vuestra diminuta biblioteca, vuestro insignificante archivador, fuese capaz de recordarme. Viéndoos a veces diría que la vida es poco más que el transcurrir del tiempo sobre los cuerpos mientras cada uno resiste a su manera, sin acordarse de los que están a su alrededor como ellos tampoco se acuerdan de él.
Creéis que sois anónimos, que pasáis inadvertidos entre toda esa gente que viaja en metro, pero os equivocáis, yo os recuerdo.

8 de septiembre de 2013

Trilogía del movimiento: Uno

Jota estira mucho el brazo y me sujeta el volante con la mano izquierda, mientras con la derecha me ofrece una carpetilla de cuero negro que ha utilizado como bandeja. Si la viera mi madre, tiznada como está, seguramente no le haría mucha gracia. Ella, que ha ordenado los recibos, garantías y certificados por tamaño y fecha, que comprueba cada mes la presión de las ruedas, que lleva siempre bombillas de repuesto.
Ladeo la cabeza para apartar la melena y me inclino por debajo del salpicadero mientras mantengo el pie sobre el acelerador y la velocidad en el carril derecho. Un toyota rojo nos adelanta con la música a todo trapo.
La naturalidad de ciertos gestos delata el hábito. Lo sé por la forma de ciertas personas de sujetar el cigarrillo, con esa rigidez tan forzada del que sostiene algo temiendo quemarse la punta de los dedos, y en como lo chupan exageradamente y expulsan el humo, como ayudándole a salir llevando hacia delante la mandíbula. Para un fumador, cualquier pitillo es una extensión de sus dedos y un pedazo de sus pulmones, forma parte de él como él forma parte del alquitrán, la hoja seca y la nicotina.
Se me amarga el semblante, recupero el control del coche y aprieto la cabeza contra el reposacabezas mientras acelero y dejo que avance la noche, que en esta carretera es una sucesión de farolas y señales verticales y horizontales y amarillos, blancos, azules, rojos. 
Busco ponerme en línea con el toyota, Ese le mete mano a Eme en el retrovisor. Puedo ver las bragas rosas de Eme mientras Ese le hurga sin compasión alguna y el sujetador de Ese como desmayado sobre su brazo mientras Eme le soba las tetas y le come la boca. 
Jota me mira y me guiña un ojo y creo me sonríe a través de la barba, tan espesa, morena y abundante, que apenas permite distinguir que allí debajo habiten unos labios. Sé que ríe porque lo hace siempre con la mirada y no con la boca y por esas arrugas de expresión que empiezan a formarse al final de sus ojos y que evidencian muchas sonrisas o tal vez demasiado sol.
El toyota juega conmigo. Me saca un cuarto de carrocería, frena y se queda un cuarto por detrás, se acerca y se aleja pisando la línea continua. El sonido de la radio de ambos se entremezcla saltando de una ventanilla a otra y descubro que mi radio tiene un retardo de un segundo: love you so mu-love you so much it makes me sick come on over and shoot the shit. Minúsculas brasas se avivan y salen disparadas cuando, desde el vehículo de al lado, Te alarga el brazo hacia mí.
Noto el aceite en mis labios y un espeso humo me puebla la garganta. Jota se inclina hacia mí, me quita el humo de los labios y de los dedos, me acaricia el lóbulo y la mejilla, juega con la gargantilla y con mi escote. She keeps it pumpin straight to my heart, she keeps it pumpin straight to my heart, she keeps it pumpin straight to my heart...

Quizá morir sea lo sencillo. Por eso Cobain quiere ausentarse y piensa en rifles y pistolas, aunque es solo un hombre blanco más, deprimido y angustiado por la ausencia de sentido de la vida en Occidente, tan decadente y ridículo como lo somos nosotros en este momento, niños ricos jugando al existencialismo, humanos que eligen vivir enfadados.
Por qué coño no te quieres un poco, no valoras lo que tienes y quién te quiere; por qué coño eres tan puto egoísta; por qué no te crees de una puñetera vez que mereces ser feliz, me han gritado hace unas horas. Se le oía furioso y cansado al otro lado del teléfono, a cientos de kilómetros de estos dos coches, del garabato que Jota dibuja con sus dedos en mi nuca, del calentón de Eme y Ese. Si estuviera allí, junto a él, esta noche no haríamos el amor y en algún momento me reprocharía: ya no te reconozco.
Quizá yo tampoco quiera reconocerme, quizá no esté hecha para querer o que me quieran, quizá solo quiera seguir adelante sola y todo ello no signifique que vivo abonada a la tristeza. Quizá solo quiera pensar en esta noche, dejar que la tristeza se mate en la carretera y que sea otro el que la cante. Quizá morir sea lo sencillo y vivir lo complicado. Quizá yo eluda tomar decisiones y me limite a pensar hoy en esta noche, mañana en lo que toque y lo único que desee es haber sido coherente cuando me llegue el momento. Quizá nos matemos en la siguiente curva.
A quién le importará para siempre. Desde luego, no a mí, porque esta noche es lo único importante, yo sigo siendo joven en mis treinta y todo lo que tengo que hacer es conducir.

14 de noviembre de 2012

Orchha

Podríamos decir que en Orchha los buitres reinan la cima del mundo y las vacas gobiernan la tierra. 

Ellos vigilan de día la planicie a orillas del río Vetravati, desde su nido en una de las cúpulas alargadas del mandir de Chaturbhuj o sobrevolando la fortaleza, el palacio y el templo real, mientras que ellas campan ufanas a sus anchas entre ruinas, cenotafios y tumbas y se adueñan de las tres calles que conforman la ciudad. 
Envidiamos a los buitres como seguramente hacen las vacas: la vista aérea del conjunto de Orchha enmudece. A decenas de metros sobre el mercado de baratijas, en la techumbre del templo donde anidan las rapaces, después de ascender por angostas escalinatas piso tras piso, esquivando de forma casi laberíntica los tramos tomados por los murciélagos, descubrimos que el Madyah Pradesh nos ha estado ocultando su mejor escena. 
La ciudad se agrupa en torno al río, un punto minúsculo en mitad de la selva que en algún momento construyó un suntuoso palacio real de balcones ornamentados y relieves en andesita que por la noche pertenece, como parecen pertenecer todos los lugares del Norte de la India, a insectos, lagartijas y vacas.
Están estas últimas más rollizas que sus hermanas de la ciudad, será que no tienen que hurgar entre desperdicios para procurarse el alimento. 

Ya nos hemos habituado a verlas entrometiéndose en las calzadas y en los portales con total descaro, pero aquí realmente parecen ser las dueñas del lugar. Se diría que aquí las vacas sonríen al comprender que viven mejor que muchos hombres y mujeres en todo el país: Envidian a los buitres, pero los humanos las envidian a ellas. 
En días como este, en los que el sol es capaz de nublar el juicio, nosotros mismos desearíamos estar en su pellejo y poder acercarnos, sin prisa, a darnos un baño al río.

24 de octubre de 2012

Las carreteras de Madhya Pradesh

La India tiene una extraña capacidad para concentrar el tiempo en sus caminos. En cada uno de ellos parecen entretenerse las horas, asidas a las plantas de arroz en las praderas o escondidas en los socavones de la carretera.

Hay montañas de ladrillos de adobe y bueyes de agua escoltando el vaivén de la furgoneta, su temblor y traqueteo a medida que avanza por caminos empolvados y carreteras socavadas.

Aqui los pueblos parecen no tener límites, se permiten extenderse a los márgenes de las vías sin control alguno, en una línea poco recta que parece no acabarse nunca. Las construcciones de ladrillo, de hormigón, de cemento o contrachapado se alínean siguiendo el contorno del camino, como si el único lugar interesante al que salir cada mañana fueran estas carreteras tan dejadas, tan perdidas.

Los niños piden bolígrafos y gafas, reclaman su lugar en el mundo posando para una fotografía, parlotean entre ellos a gritos mientras le extienden una mano al visitante extranjero. Desde un templo cercano llega el olor a incienso y los cánticos de un anciano.

La soledad se vende cara en las carreteras de Madhya Pradesh. La encontramos kilómetros más adelante, en una explanada dominada por un intenso color verde y el plomizo gris del cielo. Corre el viento y la humedad hace salir a los insectos que salpican toda esta geografía. Durante unos minutos, encontramos uno de esos lugares del mundo en el que poder mirar el horizonte en silencio.

Nuestra presencia ha llamado la atención en los pueblos cercanos. Tres hombres se acercan en una bici, les siguen dos chavales al trote, desde el Este. Un grupo de niños y un anciano desde el Oeste.
Se nos quedan mirando atónitos ¿Qué extranjero podría querer detenerse en un lugar como este, un lugar en ningún sitio?
Queremos hacer una fotografía de nuestros visitantes, pero los del pueblo del Este se niegan a ponerse junto a los del pueblo del Oeste. Se la hacemos solo a los segundos.
Hasta aquí, en mitad de la nada, los hombres tienen rencores.

El reloj indica que el sol se está poniendo, quién podría decirlo con esas nubes espesas, tan estáticas en el firmamento. Hace muchas horas que salimos de Agra, es hora de llegar de una vez a nuestro destino.

10 de octubre de 2012

Agra

Salimos antes del mediodía desde Jaipur y recorremos el Rajastán hacia el Noreste por la carretera que conduce hasta Agra.
Llegamos al anochecer y nos recibe una ciudad con las luces apagadas. En las últimas semanas, el monzón y un exceso de demanda al malogrado y envejecido tendido eléctrico indio han provocado cortes de luz y el colapso de las comunicaciones y el transporte de todo el Norte del país.
Agra es una ciudad oscura y embarrada que huele a la gasolina con la que los generadores se esmeran por mantenerla en funcionamiento esta noche. Bajo las bombillas aparecen los comerciantes de las mil y una noches que ofrecen licores y opio, cerveza y tabaco, especias y naan
Como si nos fueran siguiendo, los monos parecen dominar el recinto del hotel. Su profundo celo territorial ha derivado en el enverjado de los tragaluces y la terraza que preside la parte trasera del primer piso. Las habitaciones lindan unas con otras en un ancho pasillo destechado en origen y cubierto de uralita posteriormente sobre la que se les oye correr.

Paradójicamente, llegamos al anochecer para ver amanecer al Taj Mahal, sereno y vacío a esas horas del día, blanco en un intenso cielo azul, ahora que el monzón ha dejado paso a un sol inmisericorde, como si se hubieran repartido las horas del día para soportar la convivencia. 
Bajo la tenue oscuridad del fortín de entrada, hace su entrada en escena el gigantesco mausoleo, tan lentamente como se dirijan los pasos hacia él: la gran cúpula y los chattris que la rodean, dos minaretes, cuatro minaretes, la fuente a los pies de su plataforma de mármol, los jardínes que lo rodean, la mezquita roja y su eco, el jawab.

La estricta simetría de todo el recinto lo delata como la invención de un poderoso hombre algo excéntrico a quien el tiempo y el pueblo han convertido en una leyenda de amor: a la muerte de su esposa favorita, un emperador mogol ordenó construir el mausoleo y empezó una estricta vida célibe; cuando tras 20 años concluyeron los trabajos, quiso levantar otro de mármol negro que acogiera su propio cuerpo, ya cercano al fin de sus días; sin embargo, quizá temiendo que hundiese al imperio por su carísimo capricho, uno de sus hijos le arrebató el trono y lo encerró en lo alto de una torre, donde falleció viendo a lo lejos su legado. Puede que el parricida le hubiera tratado con más consideración si hubiera sabido los beneficios económicos que, a largo plazo, traería consigo esta gran atracción funeraria.
Rudyard Kipling, británico enamorado de la India, dijo del Taj Mahal que parecía la encarnación de todas las cosas puras, santas y al mismo tiempo infelices de la vida. El mérito de esa belleza insultante, de esa fina decoración, de toda esa calculada y armónica construcción, más que a un emperador mogol se podría atribuir a los arquitectos y obreros, canteros y carpinteros, orfebreristas y esclavos que la levantaron. La leyenda dice de ellos que fueron decenas de miles en un trabajo conjunto sublime; también que al acabar fueron asesinados o mutilados para evitar que trataran de emularlo, por si después de dos décadas de trabajo tuvieran fuerza y ánimo para volver a empezar.

El Taj Mahal debe volver a mirarse, como hacemos, desde una de las azoteas de la ciudad, desde donde el conjunto, pese a ser el envoltorio de dos simples cenotafios -dos tumbas al fin y al cabo- se presenta como un oasis vivo, verde y limpio dentro de la calurosa y polvorienta Agra. Mármol, ladrillos y coca-cola para despedirnos de ese coloso translúcido y moteado
Querríamos verlo bajo un cielo nublado, cuando el mármol se vuelve gris y se camufla con las nubes, o al atardecer, cuando la luz de los últimos rayos de sol lo anaranja, o al anochecer, cuando la piedra luce su peculiar fluorescencia y se ilumina fingiendo el esplendor de la luna. Pero debemos emprender rumbo al Sur, dejando atrás Uttar Pradesh y recorriendo las carreteras rurales de Madhya Pradesh hacia nuestro próximo destino.
No somos conscientes de ello aún, pero el Taj Mahal le ha dado un vuelco a este viaje, como si solo el haberlo contemplado justificara todas las horas de viaje desde España hasta aquí o hubiera dejado esa impronta que solo tienen unos pocos lugares y que te dice que en algún momento deberás volver.

5 de octubre de 2012

Jaipur

Tras la precipitada Delhi, Jaipur parece poder detener el tiempo.
Es una ciudad extrañamente colorida: rosada en su casco antiguo, ambar en sus almenas, amarillo desconchado o blanco derruido en la mayoría de sus casas. Hasta el cine erótico tiene color: azul.

Desde el centro histórico a la laberíntica periferia, toda la ciudad esconde exquisitas trampas para el turista. Los vendedores de plata y gemas preciosas, las fábricas de esparto que dicen vender seda, los cazadores de comisiones, conductores que se vuelven políglotas mudos que gesticulan, niñas malabaristas, niñas contorsionistas, elefantes que se dejan acariciar la trompa, camellos que te esperan a la puerta de un cibercafé, hombres que te ofrecen El País de la semana pasada.
In India, everything is possible, gritan los vendedores mientras sonríen y balancean la cabeza. Es cierto, aquí todo es posible si tienes rupias que gastar.

Aqui un niño de 14 años posee un palacio y se hace llamar maharajá mientras en las calles se mueven libres todo tipo de animales que imponen su ley al tráfico y las mendigas corren con bebés en los brazos hacia el próximo autocar. En un patio interior del palacio hay cuatro puertas decoradas y policromadas y unas persianas tras las que esconder a las mujeres de su vergüenza y una sala de armas y un gran cuadro que relata gloriosas victorias en batallas legendarias. Fuera un niño vende figuritas de madera al sol y otros pescan en el agua estancada entre plásticos, cartones y lo que parecen ser los restos de cien comidas flotando a la luz del mediodía. 
En el centro de ese lago, otro hombre que dijo ser maharajá levantó el Jal Mahal. Hoy espera inundado hasta las plantas superiores que amainen los efectos de la última crecida, aunque parece ser que ya ni siquiera existe un puente por el que acceder.

Y mientras todo eso se amontona y sucede a la vez en la ciudad de Jaipur, en las montañas viven los monos, protegidos por el dios Hanuman, crecidos ante cualquier invasor, vigilando la puesta del sol desde las almenas del fuerte de Nahargarh, controlando que el viento vuelva a dormir otra noche y se guarde tranquilo entre las mil y un ventanas del Hawa Mahal.

10 de septiembre de 2012

Delhi

Mumbai nos enseña que el frenesí puede danzar hasta la madrugada y que a ciertas horas del día el asfalto de las calles es más seguro que sus aceras. 
Aunque Delhi respeta de alguna manera ambas reglas -en cierto modo todas las grandes ciudades del mundo pueden decir lo mismo- parece que está decidida a mostrarse únicamente en un continuo anochecer. 

El bazar de Delhi, la calle que serpentea hasta la estación de ferrocarriles y sus callejuelas aledañas, no guarda secretos para nosotros siempre que se nos abandone en él a partir del atardecer. Es el calor, tupido e insoportable, lo que retiene presa a la vida en esta ciudad hasta que el sol se halla bien escondido tras el horizonte.
Cuando por fin llega la noche, hasta las vacas parecen celebrarlo dejándose ver por la arteria principal del bazar, cuyas plazas se iluminan de neones y focos de comercios y donde algún burro despistado huye de las perrerías a las que le someten varios indios ebrios.

Delhi no quiere dejarnos dormir y se abre las venas para mostrarse desnuda: miseria, menudeo, alcohol, regateo. No es este un lugar donde olvidarse que es el dinero lo que mueve el mundo.
Hay gente durmiendo en el suelo de la estación, vigilada por uniformes armados que parecen ajenos a que a tan solo unas manzanas un ático tiembla por la música y la cerveza, despertando a los vecinos que se han echado en los tejados. En los hoteles los extranjeros se van a la cama con chinches y cucarachas mientras los bares echan el cierre y los últimos en salir deciden pasar la noche alli donde les lleven.

Delhi no quiere dejarnos dormir, pero hace acostar a sus hijos en cualquier parte. Será que a ciertas horas del día se olvida uno de cuánto dinero se necesita para mover el mundo y, por fin, puede rendirse a la noche tranquilo.

5 de septiembre de 2012

Mumbai

Nadie dijo que esto fuera un destino fácil. 
Recorrer en rickshaw las calles del Norte de Mumbai no deja un buen sabor de boca. La humedad es una densa capa sobre la ropa y alguien ha sustituido las palomas por cuervos negros, tétricos, que hacen guardia por turnos ante los montículos de basura más prominentes y picotean verduras podridas, plásticos y papeles, hortalizas descompuestas, deposiciones.
Los claxons repiquetean constantemente en el aire, hay chozas de neumático y madera bajo los árboles más antiguos o en fila al margen de la acera, pero todos los elementos de la ciudad parecen regirse por una extraña armonía sin sentido que permite su funcionamiento. El caos es el director y Mumbai ejerce de orquesta.

Puede que existiera un tiempo en el que no fuera así. Quizá se accedía a la ciudad navegando de noche sobre las luces del palacio Taj Mahal, entre los barrios de Colaba y Fort, para amarrar donde hoy se levanta la puerta de Mumbai. Habría que caminar entre las mercancías y los comerciantes para poder tomar un transporte hasta la imponente terminal Victoria o quizá hacia la parte alta de Marine Drive, desde donde la vida en las calles parece algo lejano a la realidad, que solo puede vislumbrarse con unos prismáticos.
Puede que fuera así o puede que, como hoy, Mumbai haya tenido siempre esta capa de polvo y esta cara tan descuidada, como necesitada de una permanente reconstrucción.

Hasta los perros parecen abrumados por la vida en esta urbe de más de 12 millones de almas. A pesar de su continuo hedor y su aparente peligro, hombres y mujeres pasan el día sentados esperando una lismona, duermen sobre un trozo de cartón, venden cuencos metálicos abollados, ropa, abalorios, mecheros o tentempiés, forman monumentales atascos en todo tipo de vehículos manuales o motorizados y se hacinan en autobuses. Se dedican, en fin, a pasar el día lo mejor que pueden.
La vida se hace en las calles y entre ellas corre pese a todo. Existen lavanderías de agua y piedra al aire libre que ocupan varias manzanas, comercios en cúbiculos que por la noche son viviendas de familias numerosas, templos diminutos donde los niños se pintan las chanclas en los pies y andamios de bambú que sostienen a decenas de afanados trabajadores. 
En cada esquina Mumbai parece escupirte o sonreirte y sus habitantes parecen comprenderlo a la perfección. Quizá ese sea el secreto para vivir en el continuo divorcio al que se asiste en esta ciudad: en un lado todos sus seres y edificios revueltos en una perenne nube tan marrón como el océano que la baña, en el otro los carteles publicitarios y las peliculas de Bollywood. Quizá el secreto esté en dedicarse a pasar el día de la mejor manera posible y no dejarse llevar por el sentido del olfato.

Haz lo que quieras, donde quieras y como quieras, nadie te reprenderá. Puede que no sea una mala forma de vivir.