12 de junio de 2015

Indiana Jones y la torre de control

A mi abuelo se le ha ido la olla, dijo sin parecer compungido por ello. Había pasado el fin de semana conduciendo hasta su pueblo para ver al viejo, que padecía demencia senil y al parecer ya no recordaba a ninguna de las personas que se acercaba a visitarle a esa habitación aséptica del hospital.
No habla mucho, me confundió con un hermano menor que murió cuando él tenía catorce años, pregunta por su madre o gente a la que nadie conoce, en fin, anda algo jodido el hombre. Dice mucho, ay, las malagueñas, siempre fueron las más bonitas, o que tenemos que ir a Oporto parando en el Valle del Jerte, todo blanco, rosa, verde, y agita las manos y se ríe. No con picardía, sino con un aire entre infantil e inocente. Se lo debió pasar bien el abuelo.
La última tarde que estuve con él tuvo un momento de lo que en un principio creímos que era lucidez. Mi padre me dijo hace tiempo que mi abuelo se dedicó desde bien joven a vivir de la música en todas sus posibilidades, organizaba algún bolo amateur, tocó en algún que otro grupo todavía más verde, vendió discos, montó una tienda, pinchó en algún garito. En fin, se buscó la vida como pudo haciendo lo que le gustaba y, según se arrancó a contar ese día mi abuelo, en muchas ocasiones se dedicó a la compra-venta de lo que encontraba para mantenerse a flote. Era un mediador, ese que sabe poner a dos en común para llevar a cabo un transacción; un conseguidor al fin y al cabo, dijo.

Motos, coches, alquileres, entradas, en todo lo que veía tajada me metía. Necesitaba el dinero e iba detrás de él. Una vez me ofrecieron una avioneta, una bimotor con hélices, muy sencilla y pesada como un demonio. Tenía que llevarla de Málaga a Ibiza, así que me busqué un amigo que se acababa de sacar el título de piloto y nos fuimos a por ella. Se la iba a alquilar a una empresa de publicidad que quería recorrer el cielo de las playas de la isla, paseando un cartel con anuncios y sonando como un moscardón gigante bajo el sol. 
Hicimos la ruta hasta Cartagena sin problemas, a mediodía, y partimos con el sol aún bien alto hacia el aeropuerto de Ibiza. De repente, cuando ya estábamos a mitad de camino, empiezo a notar al piloto algo nervioso. Mueve las piernas muy rápido de arriba a abajo, mira la consola de mando con rictus rígido, ansioso, disimula el hecho de que está echando miradas furtivas y rápidas hacia todos los lados de la cabina diminuta.
Qué pasa, le digo. No oigo nada, me contesta. No oye la radio, nada, cero, completamente en silencio; creo que se ha roto y la luz del alternador está apagada. Al oírlo me entró el miedo a mi también, a punto de entrar en un aeropuerto con centenares de vuelos comerciales al día que pasarían por encima de nosotros si no podíamos comunicar posición y pista, sin poder hacer señales para buscar un espacio para tocar tierra con la noche ya entrante. Yo no tenía ni idea de para qué servía aquel maldito alternador, pero el que la luz estuviera apagada parecía preocupante para el que sabía pilotar, así que yo empecé a preocuparme aún más. 
Durante lo que parecieron horas fuimos alternando los ataques de histeria el uno y el otro. Yo pensaba en la muerte y él pilotaba en silencio y me decía que iba a poder hacerlo, él pensaba en acabar amerizando de noche y yo le aseguraba que íbamos a llegar hasta una pista de aterrizaje sin que pasara nada más. 
De pronto, tiene una idea, se saca el móvil y me dice llama a mi novia, trabaja en las oficinas de Aviación Civil, seguro que sabe dónde llamar; y como no teníamos señal en el teléfono, decide reducir la altitud a tres-cuatro metros por encima del nivel del mar, picado y oscuro en ese momento. Llamo a la novia, ella descuelga otro teléfono y con uno en cada oreja acuerda con la torre de control del aeropuerto de Ibiza detener el tráfico para un aterrizaje de emergencia. Para cuando lo vemos por fin a lo lejos, más de una docena de aviones comerciales dan vueltas sobre la pista, a la espera de nuevas órdenes, mientras nosotros nos acercamos lentamente, zumbando, a nuestro ritmo. Aún nos permitimos dar unas vueltas sobre la pista antes de aterrizar, porque mi amigo no acaba de ver claro en qué lugar debemos descender.
Al final llegamos de una sola pieza, sudados, abrazándonos de alegría y resoplando y en mitad de todo aquello sale de la torre de control un tipo más bien raro, con el pelo largo, alguna que otra rasta y pendientes en las mejillas. Se acerca con sus gafas pequeñas y sus ojos diminutos, con zancadas de larguirucho y nos dice que lleva un buen rato haciendo señales con las luces de la torre. De fondo, el primer avión comercial de los que esperan sobrevolando Ibiza se aproxima hacia la pista como un cachalote blanco llegando del cielo.
El tipo pregunta qué ha pasado y se mete en la cabina a hurgar en la consola, mientras nosotros le contamos atropelladamente los hechos: sin energía de reserva, sin radio con que avisar, volando sobre un mar embravecido, de noche. Hasta que él, que parece que no está prestando mucha atención a lo que decimos, ve el piloto del alternador y sin pensárselo lleva la mano a un pequeño interruptor y lo levanta con dos dedos. Entonces una luz tenue indica que el alternador vuelve a estar encendido. Después sale del avión, se enciende un cigarrillo, intercambia un par de frases con nosotros y se marcha, como si todo aquello no fuera con él.

Mi abuelo se quedó entonces callado y se echó a reír como un niño. Luego nos contó una historia de un niño que tocaba el tambor calle arriba y calle abajo en su barrio a la hora de la siesta. 
No sé de dónde se sacó la historia, aunque sospecho que fue otra de esas que ha visto en la televisión y que toma como propias; como aquella vez que recordó haber navegado el Ganges selva a través y haber visto tigres e indígenas en taparrabos con cerbatanas. Aunque antes de irme apuntó que la avioneta había acabado en una rotonda, convertida en una escultura sin utilidad en una carretera sin tráfico y sin que nadie se atreviera a volver hacerla volar.
En fin, a mi abuelo se le ha ido la cabeza y ya no sabe si una vez fue él o Indiana Jones. Supongo que un poco como le debe pasar a Harrison Ford.

29 de abril de 2015

En el alambre

Conocí al protagonista de esta historia de la misma forma que conocí a muchos de los personajes que ahora pueblan mi memoria, en una de esas noches inacabables junto a I. dando tumbos por las calles de Madrid. Entrábamos en bares en los que todavía se podía fumar y compartíamos un paquete blando de Lucky Strike, como lo hacían los soldados americanos en los Hazañas Bélicas de mi padre, pedíamos whiskey o bourbon indistintamente y lo mezclábamos con lo que se nos ocurriera. Vagabundeábamos por el centro, siempre en torno a las mismas callejuelas y los mismos ambientes, hablando a gritos de la actualidad, fieles a nuestro oficio de la prensa, haciendo pareja cómica con los grupos de mujeres, cómplices en los conatos de pelea o dueto en las aceras, cuando nos sentábamos en la calle Infante compartiendo unos cascos y cantábamos en bucle como un gorrión, en el alambre, un borracho en el coro esta noche, a mi modo ser libre intenté.
En una de esas noches, da igual cuál, se acercó un tipo algo desgarbado, joven entonces, barbilampiño y vestido de manera descuidada, que quería que le prestara el mechero. Se encendió un cigarrillo que tenía el aspecto de ser también de prestado, con la punta arrugada y la boquilla algo suelta y le dio una larga calada, no como si fuera la última que fuera a dar, pero sí como si fuera la primera que daba en muchas horas. 
He olvidado los detalles de cómo arranco la conversación, pero recuerdo perfectamente su cazadora negra y su gorro de lana, sus maneras pausadas y su aire flemático mientras se interesaba por nuestro origen y profesión. Yo me dedico a vivir mi vida, me dijo mirándome fijamente. Hace unos años me fui a vivir con mi novia a uno de los pisos que su padre tenía en alquiler, salió mal y recogió sus cosas y se fue de casa, dejándome a mi el piso. Ella no lo quería y como lo teníamos a nombre de los dos decidió que yo me quedara con él. Ahora lo alquilo por habitaciones y vivo de lo que me pagan los inquilinos. No hago nada más.
Me impresionó la sinceridad de lo que me pareció una confesión trasnochada, verdadera como el alcohol pronuncia, pero a deshora; una confesión propia de un desconocido al que no vas a reprochar mañana su ausencia de tacto la madrugada anterior o su modo de vida errante y cadente de objetivos a largo plazo. Envidié la libertad que el dinero aparenta, pero me entristecieron sus ojos caídos y apagados, que parecían agotados de no haber encontrado unos estudios que le interesaran, un empleo al que dedicarse, una mujer a la que querer, unos compañeros de piso más limpios y amables.
I. miraba con cierta impaciencia, seguramente cansado de que yo me fuera con cualquiera que tuviera una historia que contar. Era algo que me fascinaba de la vida en Madrid, la facilidad con la que cualquiera podía entablar conversación contigo y describirse en un plano secuencia que duraba un cigarrillo o el tiempo que tardaban en servirte una copa.
La memoria hace trampas y fabula mejor que rememora, pero recuerdo que sentí por aquel desconocido una mezcla de compasión y compañerismo; imaginé a una novia tan harta de él que estaba dispuesta a desentenderse de una propiedad por perderle de vista, unas noches más bien solitarias callejeando en busca de tabaco y bebida barata, unos días larguísimos entre desconocidos y sus biografías pasajeras, una desocupación y una monotonía asfixiantes.
Vivir como aquel tipo era vivir en el alambre, colgado de algo con enlacado barato, maleable y deformable, tan seguro como ocasional. 
Afortunadamente en aquellos escenarios siempre contaba con I. como escudero. A este lo que le pasa es que es un cara que no da un palo al agua, me dijo, y fue como si gritara que no son molinos, que son gigantes para que yo descabalgara de la ensoñación. Así, durante años, I. me rescató de más de mil lances y seres mitológicos.
Quizá por eso relegué en la memoria la historia de aquel desconocido y ahora lo recuerdo como un mimo y no como un gigante de la noche de Madrid.

23 de marzo de 2015

Pájaros sin reloj

Recuerdo, ahora que conduzco por la A-22 y me aproximo a Zaragoza en una tarde de invierno atravesando esta planicie aburrida que puede ser nuestra geografía durante kilómetros y kilómetros, cierta brevísima historia que me contaron hace años.
Me la contó una profesora de primaria nacida en la zona, durante una de sus clases en el colegio público al que yo asistía. Han pasado muchos años ya, aunque menos que los kilómetros que yo llevo recorridos, pero recuerdo aquella historia con todo detalle, igual que el gesto de la maestra al contarla o la impresión que causó a sus tiernos alumnos escucharla, tan cruda como era, tan cruenta como demostraba ser una realidad que apenas empezábamos a conocer.
Cuando era niña, aquella maestra a la que llamaré E., pasaba los días interna en una residencia de Huesca, dado que su pueblo en los Pirineos no tenía capacidad ni alumnado para un instituto propio. Algún que otro fin de semana su padre bajaba de la montaña con un Talbot antiguo y casi acorazado provisto de unos neumáticos de nieve a buscarla, en un camino serpenteante y estrecho de más de dos horas.
En el camino de vuelta, nos contaba, mataba el tiempo mirando por la ventana, observando como las estaciones se sucedían sobre el paisaje y la tierra de semana en semana. A veces, ya con el otoño bien entrado, decía, la nieve y el hielo se adelantaban y cubrían los árboles y los campos, creando un manto blanco que solo rompía el asfalto, ya por el calor de los tubos de escape y el caucho caliente, ya por el paso ocasional de alguna máquina quitanieves, ya por alguna palada casual de sal.
Al rememorar aquel escenario, aquella naturaleza muerta que crea el invierno en el campo, se encontraba puntualmente con unos protagonistas curiosos: pájaros, gorriones corrientes y diminutos, que no habían tenido fuerza para emigrar al Sur o que se habían retrasado en su búsqueda de tierras más cálidas, como si se hubieran olvidado de mirar el reloj y se les hubiera pasado su cita anual con el sol. Lo contaba como si fueran personas despistadas, de las que llegan tarde a los sitios o se les va la cabeza en otra cosa y vuelven con el arroz pasado.
El caso es que esos gorriones rezagados buscaban comida entre la nieve y el hielo con poco éxito, pasando frío y hambre y supongo que, si pudieran, si realmente fueran como personas despistadas que llegan tarde a las citas, arrepintiéndose de no haber abandonado esa tierra antes. Dado que en el campo no encontraban nada, los pájaros volaban hasta la carretera, donde los motores habían ejercido sobre el pavimento el calor suficiente como para echar al hielo de la calzada. Revoloteaban en ella, buscaban qué comer, picoteaban allí y allá y se apartaban deprisa y agitados cuando algún vehículo se aproximaba.
Sin embargo, alguno de ellos, quizás por la inanición, no encontraba la fuerza necesaria o no reaccionaba con suficiente prontitud y moría literalmente aplastado por algún neumático. Sus cuerpos reventaban y se quedaban deshechos y pegados al asfalto por las vísceras y la sangre, mientras sus compañeros de bandada volvían atareados a la afanosa tarea de buscar comida, como si nada hubiera pasado o nada, efectivamente, se pudiera hacer ya.
Así se sucedían los primeros días de invierno para los pájaros en las carreteras del Norte de Aragón que no habían sabido mirar el reloj a tiempo, entre el hambre y la certeza de la muerte.
Escuchábamos la historia boquiabiertos, gesticulando ante ella para avisar a los gorriones de la que se les venía encima; aquel jugársela día tras días por algún insecto con hipotermia o un grano caído duro y correoso. No nos dábamos cuenta de que para algunos de nosotros nuestras vidas iban a ser unos años más tarde muy parecidas a las de aquellos pájaros; la vida nos obligaría a muchos a quedarnos en una tierra ya estéril o fuera de temporada, que no podía ofrecernos más alimento que las sobras de un festín en su crepúsculo a aquellos que no tuviésemos reloj o la inteligencia suficiente como para prever la llegada temprana del invierno.
Recuerdo, ahora que conduzco hacia la nieve, aquella historia y pienso que todos los que escuchábamos éramos pájaros que solo buscan cobijarse a tiempo del frío.

3 de febrero de 2015

La fotografía

No te lo había contado, pero encontré una fotografía dentro del baúl de recuerdos que dejó nuestro padre al morir. A pesar del desorden reinante -ya lo pudiste comprobar cuando aquella mañana de octubre lo abrimos y lo descartamos rápidamente como parte de ese legado involuntario que dejan todos los finados: montones de objetos aparentemente inútiles que no figuran en su herencia y que por algún motivo que se nos escapa a los vivos conservaron hasta el último día- en aquel enorme cofre de madera repleto de pasado, aquella fotografía parecía poseer una entidad propia entre entradas de cine desgastadas, souvenirs de cualquier parte del mundo, pases -rotos- a conciertos a los que tú y yo nunca podremos asistir, cartas manuscritas de gente a la que nunca conocimos; recuerdos, en fin, que en algún momento él debió considerar representativos de situaciones que vivió, supongo, con cierta intensidad. Ya no puedo preguntarle si fueron recuerdos felices o tristes los que configuran el contenido de ese baúl.

Como sé que aún tardarás un tiempo en volver por esta ciudad, déjame describirte la imagen: Debió ser tomada muchas décadas atrás, a tenor del estado del papel y su color algo dañado por el paso del tiempo, como si el proceso de revelado hubiese seguido por su cuenta, sin detenerse por el hecho de que alguien decidiera estampar la imagen.
En ella una mujer a quien no podría poner nombre, pero que en cualquier caso no es esa joven muchacha a la que en sus fotos de juventud podríamos identificar como a nuestra madre, mira el mar. Por la luz, esa luz tan particular, cálida, entre amarillenta y anaranjada, que parece imitar la del sol sobre un oasis, puedo situar la fotografía en algún punto del Mediterráneo, ese mar que tantas veces nos llevó a ver nuestro padre y que observaba con cierta nostalgia cuando, siendo aún pequeños, tú y yo preferíamos la arena y sus castillos o correr por el paseo marítimo antes que adentrarnos en él.
En este caso, el mar no parece algo a lo que haya que temer; la imagen lo ha congelado en una suave balsa de colores azules y turquesas que se deja recorrer por la mirada de la joven semidesnuda. Está de espaldas a la cámara y solo lleva puesta la parte de abajo de un biquini colorido y a rayas amarillas, naranjas y rojas. Los pechos se quedan en una parte de la fotografía que se ha perdido en el tiempo y en los recuerdos de los que estuvieron presentes en la escena; quizá solo nuestro padre conservase memoria de aquel par de tetas, que imagino pequeñas y firmes, como desafiando al mar que las contempla y al oportuno voyeur, suaves al tacto y festoneadas de minúsculos brillos provocados por el salitre, la arena y el sol; quizá, si estaban solos en la playa como me gusta pensar que estuvieron el fotógrafo y la retratada, el recuerdo de aquellos pechos, ahora que él ha muerto, se ha perdido para siempre.
Tampoco podrá decirme qué miraba la joven, ni cómo era su cara, si era tan bonita como yo quiero creer que era viendo su espalda, cuál era su nombre y a qué dedicaba su tiempo, si era estudiante o trabajaba, qué le gustaba comer y leer, además de, supongo, a hacer feliz a aquel joven que muchos años más tarde se convertiría en un viejo calvo y amarillo con la mirada algo gris. Aunque, supongo, en aquel preciso momento ninguno de los dos se imaginaba cuál sería su final o, aún menos,  que había un final para ese instante.

Dado que me llevé la fotografía del trastero que alquilamos a medias para ir depositando todas esas cosas que no quisimos repartirnos, pero tampoco consideramos apropiadas para el contenedor, he tenido ocasión de estudiar cada pequeño detalle de la fotografía. Congelada por el tiempo se queda una mata de pelo rizada asida por un coletero, haciéndole señales a un barco lejano y a una isla que se divisa a medias, tapada por la figura de la joven casi en su totalidad, igual que estanca en la imagen se ha quedado la bruma, esa que es palpable los días de calor y que enturbia la línea del horizonte. He podido descubrir, además, en el margen inferior de la fotografía, casi fuera de encuadre, una diminuta bandera sobre algo que podría ser una torre de arena; que entre los dedos tiene un pitillo y que, casi invisible por el brillo excesivo y la decoloración, lejos de allí navegaba un velero.
Sin embargo y esto te parecerá tan ridículo como propio de mi, el detalle más importante se me pasó de largo hasta hace bien poco, cuando por casualidad la fotografía se deslizó fuera del sobre donde la había guardado y cayó del revés en mi cocina. No sé en qué andaba yo, porque fue mi hija la que, a saber cuánto tiempo después, la recogió y me la entregó con ojos interrogantes. No me la dio mostrándome la imagen, sino el dorso, donde por primera vez me di cuenta de que había algo escrito. Sorprendentemente, mi hija no quería que le explicase dónde, cuándo, quién y cómo en esa fotografía, sino por qué alguien podría haber escrito esas palabras para, ella inocentemente lo creyó así, su padre. 
Al leerlas yo también comprendí cómo, en su error, se sintió mi hija, sorprendida ante la nueva personalidad revelada de su padre, un hombre al que solo conocía una mujer, su madre, al que no imaginaba sonriendo a otras que no fueran ellas dos tras hacerles una foto o corriendo una aventura amorosa en una playa lejos de allí. Comprendí que nosotros tampoco nos habíamos imaginado así a nuestro padre, que nunca llegamos a tratarle como si, además del de padre, hubiera desempeñado otros papeles en su vida. Comprendí que fue amigo y amante, y también tan inexperto como lo hemos sido tú y yo, y que debió cometer errores y obtener grandes victorias sobre las que no supimos jamás. Comprendí, en fin, que no conocimos del todo a nuestro padre.

No pienses, no obstante, que aquello me entristeció -y no debes entristecerte tú tampoco por estas líneas- porque al mismo tiempo caí en la cuenta: aquello me alegraba; no por el hecho de un padre con aristas desconocidas, sino por el hecho de saber que no siempre fue padre y que tuvo la oportunidad de vivir como nosotros una juventud y una vida distinta a la que yo le conocía, tan enclaustrada en sus obligaciones.

Por ello, espero que no me lo tengas en cuenta, he enmarcado y he puesto la foto en la estantería del salón; ese momento que quiero imaginar feliz para nuestro padre y una desconocida me ha parecido una buena forma de guardar su recuerdo.

PS: Ah, sí, las palabras escritas en el dorso:

Grecia. Efjaristó, mon amour.

25 de noviembre de 2014

El mundo sin abrigo

Imagínatelos en cueros, con la carne al descubierto en situaciones en las que normalmente se protegerían con una camisa, un vestido, unos pantalones.
Imagínate que solo llevaran sus chaquetas para protegerse del frío y que despojarse de ellas, en el metro o el autobús, al llegar a la oficina o al entrar en el supermercado, fuera un striptease tan natural como socialmente aceptado.
Imagínatelos a todos desnudos. Ese hombre que se parece a Alfredo Landa, esa colegiala de falda plisada y a cuadros que lee 'Leyendas y Rimas' de Gustavo Adolfo Becquer (cuando tú y yo estudiábamos eran 'Rimas y Leyendas', hasta ese punto hemos perdido la poesía) ese ejecutivo trajeado que mira al frente marcial y engominado, esas dos señoras que intercambian recetas camino de vete a saber a dónde.
Así es como veo yo el mundo, despojado de artificios y tan vulgar como en realidad es.
Recuerdo que ella lloraba en un banco, en un parque, una tarde, y yo solo podía pensar en que sus axilas estaban empapadas; corroboro que cada vez que un jefe se me ha impuesto con órdenes yo he observado sus tristes pelotas flácidas y peludas colgando; que podría interrumpir a los más persuasivos oradores para decir: tu piel se arruga de una forma extraña sobre tu labio superior, o simplemente: tienes un moco ahí; que viendo porno no puedo apartar la vista de la celulitis que folla en pantalla.
Observo el mundo y este me devuelve su imagen en bruto, sin malear, sin sublimar, sin pretensiones de agradar o embellecer.
Observo el mundo y este es sincero, lo cual es de agradecer algunas veces y detesto la mayor parte del tiempo ahora que ya nadie aplaude mis ocurrentes verdades, mi afilada minuciosidad.
Imagínate el mundo desvestido, como aquel día que salió a la calle el emperador y yo grité: ¡está desnudo!
Y la gente aullaba y aplaudía y reía, sin saber que la condena era la mía, que, al tiempo que lo decía, me dolía, que yo sí quería ver su traje nuevo.

9 de octubre de 2014

Gente normal

Hace tiempo que no sé nada de mi amigo W. aunque conociéndole lo poco que le conozco dudo que él utilizase esa palabra, amigo, para definir nuestra relación. Era, o es, más bien, uno de mis conocidos más queridos, una de esas amistades del siglo XXI: sigues su actividad aquí y allá, la que puedes ver en los distintos perfiles online o de la que él quiere informarte, tienes retales de su vida a través de fotos, esbozos si escribe algunas líneas en su bitácora pública y te das por satisfecho con eso, porque una llamada no procede y haría que ambos sintiérais acabada la conversación después del primer qué tal estás y las cuatro frases comunes en ese tipo de diálogos: todo bien, como siempre, aquí sin mucha novedad, aunque quizá todas ellas no sirvan para resumir grosso modo un fragmento de vida y simplemente sirvan para evitar ahondar en temas que al otro no le conciernen, que no queremos compartir o que no tenemos tiempo a desarrollar.

Su desaparicion fue algo abrupta. Un día, sin más motivo, simplemente dijo adiós y sus perfiles dejaron de estar activos y su bitácora no recibió nuevas actualizaciones. Este tipo de salidas de escena pueden ser hoy por hoy más confusas que la muerte; ésta se lleva a alguien sorpresivamente y tú te enteras porque la gente comparte mensajes de duelo y dolor que lees con algo de estupor, era tan joven, es increíble, no parecía enfermo, no merecía irse ya; supongo que las reacciones siguen siendo las mismas a pesar de lo mucho que ha cambiado la forma en que nos enteramos de la noticia o podemos responder a ella.

No creo, en todo caso, que W. haya muerto, de ahí que me resista a hablar de él en pasado. Creo que simplemente decidió apagar una parte de su vida a la que no le encontraba satisfacción alguna. Creo también que salió de escena detrás de una mujer, quizá argentina, quizá chilena, no recuerdo, y se mudó con ella a Buenos Aires o Santiago, utilizando como excusa la mierda de panorama que teníamos por delante los profesores universitarios en España.

Quizá allá haya encontrado plaza docente, que era una de sus metas la última vez que pude compartir terraza y cerveza con él, o esté trabajando como un animal de carga, como se trabaja en todas partes actualmente dicen, en cualquier otra cosa que le permita llegar a casa con un sueldo para comer y salir al cine o comprar libros de cuidadas ediciones que subrayar y releer cuantas veces el tiempo libre le permita, alternándolos con los fines de semana al lado de su argentina o su chilena, que sé yo, que le recibe cada noche tras una larguísima jornada con un cansado qué honda o un cómo fue, y él se derrumba agotado a su lado, sin más ganas que de abrazarla y despertar al día siguiente con su sonoro buen día o escucharle decir un largo pucha en la u cuando le cuenta que todo ha ido como la mierda, porque fulano le cagó la mañana, pero que es maravilloso poder tenerla tan cerca a diario y que no cambiaría su plaza en España, sus amigos y familia, su proyecto de novela, por instantes como esos, en los que ella se le amarra y se le olvida todo: que tuvo otra vida, que tuvo otros planes, que se vió rodeado de otra gente y que compartió en sus perfiles y en su bitácora otra clase de cosas que nada tienen que ver con su argentina o chilena, quién sabe, y que renunció a todo a cambio de convertirse en una persona normal.

20 de agosto de 2014

El olor del vino

Cuando me contó la siguiente historia, acompañaba yo a Don F. a su visita diaria a los viñedos. Hablaba mientras revisaba con ojo experto las espalderas y examinaba con detalle las vides engarzadas a los hilos metálicos.
En el momento en el que ocurrió debía tener él unos 15 años. Me contó que se había enamorado entonces de una joven a la que había conocido en un campamento de verano al que sus padres le habían enviado mientras realizaban un crucero por el Nilo, una ilusión que acompañaba a su madre desde hace muchos años y que su padre, viéndose fuerte de bolsillo, se decidió a cumplir.
La llamaba G. y era un año menor que él. G. ya sabía cómo utilizar la sexualidad que caracteriza a las chicas a esas edades: prematura para los de su edad adolescente, deliciosa para esos prontos adultos recién llegados al polvo, las carnes prietas y la lencería de centro comercial.
G. era pura sensualidad, nervio adolescente y avanzada madurez. Nunca antes había conocido a una mujer así, me decía Don F. camino del bar, con esa fuerza para transmitir sus decisiones, con esos andares firmes y peligrosos, que viniera a besarme y lo hiciera como si no importara nada más que ella y yo, allí y entonces, en algún punto de la sierra granadina a mediados de julio, o donde y cuando cojones pasara todo aquello, que me hago viejo y se me olvida. Eso me decía.
En esas andaba, adolescente, hormonado y enamorado el Don F. casi niño cuando apareció por el campamento un nuevo monitor que vino a agitar aquel verano que estaba pasando como pasan los primeros veranos al acabarse la niñez. 
Puede que al enfrentarlo ahora lo viera de otra manera, pero su recuerdo lo describía con la planta de un guerrero antiguo, la efigie de un Aquiles alto y de músculo cincelado, de espalda ancha y extremidades ágiles y fuertes, aunque -matizaba- un rostro mas bien mediocre, algo desvirtuado por un agresivo acné del que, si bien no quedaba rastro, si había dejado huella.
Se correspondiera o no el recuerdo con la realidad, aquel monitor supo mirar a G. y G. sintió el escalofrío que sienten las adolescentes cuando un mayor se fija en ellas: agradecen el gesto, supongo, coquetean con ellos, desde luego, y queda en manos de cada una hasta dónde les permiten llegar.
Flirteaban, parece ser, sin ningún tipo de pudor ni reparo en que F. estuviera por allí, lo que le sacaba de quicio y le azuzaba los celos irremediable y comprensiblemente. G. seguía fiel a su noviazgo veraniego y negaba la mayor, por supuesto, pero no podía evitar esa mirada derretida del que desea y que a F. le hacía saberse un estorbo, mientras su rival se pavoneaba y se dejaba querer, al tiempo que -creía F.- merodeaba su presa.

En este estado andaban las cosas cuando se encontraron un día los tres en la cancha de frontón. Contra aquella pared de hormigón verde rumiaba y peloteaba todas las tardes mientras G. trenzaba pulseras de hilo y le hablaba de una tierra que él nunca llegaría a conocer. Era aquel un espacio para ellos hasta que se vio invadido por, digámoslo ya, su rival.
En qué términos se decidió el partido no lo recordaba Don F. con claridad, pero sí que aquello se convirtió en una carretera de polvo y arena en la que se colocaba de frente a un enemigo, la mano sobre el revolver, el sombrero calado y la mirada aviesa del que va a tirar a matar. Él, un chico enclenque y nada dado al deporte, frente a aquel gigante de mirada altiva que no apartaba la vista de las piernas de ella. David y Goliat jugando al frontón por el control de Egipto e Israel.
F. debió de ser un pasable jugador de tenis durante su infancia, porque aguantó punto tras punto el embate del oponente. Si le adelantaba en tres, él ganaba dos, si llegaban a un empate con ventaja, lo deshacía con resolución, si el otro saboreaba la victoria, él le igualaba el marcador. Y siempre en silencio, sin algarabía, hosco a la mirada de G. que, a él nunca le expresé esta opinión, debía asistir a una pelea de gallos con la emoción infantil del que se sabe en buena rifa.
Durante más de hora y media prolongaron el partido. Corrían, sudaban, golpeaban la pelota y se retaban en cada punto. F. recordaba cómo se le iba torciendo la mirada al otro, puede que porque esperase un contrario más fácil de rendir, puede que porque la memoria es mentirosa y quiere ver con el tiempo lo que le pasó desapercibido en el presente. Por ello el relato del último punto era épico, Ulises llegando a Ítaca, Atila cabalgando sobre Roma, la derrota de los turcos en Lepanto, Nelson herido en Trafalgar, la batalla del Ebro hasta la última bala, hasta que F. rompió a su rival con pelota lenta y larga que voló por encima de la raqueta, del brazo estirado, del cuerpo atlético y la cara erosionada, de las enormes deportivas alzadas cinco palmos sobre la pista agrietada y botó una vez y luego dos y tres y rodó como con prisa hacia el roto de la verja que servía para entrar y salir a la parte de atrás de la cancha.
Dijo Don F. que no lo celebró. Que solo se irguió un poco más que de costumbre al ver al gigante doblado por el esfuerzo y el peso de la derrota, que tiró la raqueta a sus pies, como Vercingétorix pero sin haber sido derrotado, y que cogiendo a G. de la mano abandonó el campo de batalla, sin mediar más palabra.
No sé si fue mi primera victoria, pero la recuerdo como si así lo fuera, me dijo Don F. arrancando con la mano varias uvas pochas y descartándolas para la tierra seca. Todas las victorias, dijo, saben a esa, todo el buen vino ganado a una mala cosecha huele a ella.

10 de agosto de 2014

Brevísimo apunte autobiográfico incompleto

Esnifábamos cocaína como disparábamos a los perros con nuestras escopetas de balines, bebíamos litronas calientes o hablábamos de follarnos a todas las mujeres que nos cruzábamos a la salida de la discoteca. Lo hacíamos porque era lo que creíamos que debíamos hacer.
Y lo hacíamos todo igual, con la misma intensidad desesperada del que lo quiere todo en el preciso momento en el que lo imagina, la del que no se puede permitir guardar nada para mañana, no por nihilismo o hedonismo, sino por el simple hecho de que tiene poco o nada.

Visto ahora y aquí, cincuenta y tantos años después, creo que solo éramos unos niños que tenían prisa por ser adultos cuando solo habían empezado a orillar la adolescencia. 
Por eso seguíamos echando carreras monte arriba, hacia el cementerio, donde los caminos de tierra se encabritaban y sacaban cabriolas de nuestras motos; asaltábamos desnudos el mar, corriendo como para dejar todo atrás; o compartíamos unas setas y nos tumbábamos a mirar las copas de los árboles contra las nubes, el cielo azul, los pájaros y el rumor del bosque.

Niños jugando a cosas prohibidas para los mayores, eso éramos.

28 de mayo de 2014

Matemáticas

Era profesor de química y todos le llamábamos Don P. Se ponía gafas de sol solo para dar clase y a veces olía a cerveza, especialmente después del almuerzo, cuando subíamos del recreo y teníamos que sentarnos a recitar de memoria la maldita tabla periódica. 
Digo olía y no apestaba intencionadamente, porque lo primero supone un aroma que se desprende, que emana naturalmente de alguien, mientras que lo segundo, apestaba, tiene unas implicaciones peyorativas que no se corresponden con la figura de aquel profesor algo taciturno y derrotado que impartía, sucesivamente, química, física y matemáticas en mi clase de primaria.
Siempre fui un estudiante de ciencias pésimo. Cada jueves al llegar a casa me tocaba copiar la tabla periódica de arriba a abajo, de izquierda a derecha: alcalinos, lantánidos, halógenos, metaloides, por imperativo de aquel hombre que resoplaba cada vez que yo olvidaba el número atómico y el símbolo, por ejemplo, del Radón.
De igual manera, copié si no una, cien veces, la tabla del siete y realice como un autómata docenas de conversiones del gramo al kilo, de este al decalitro o al mililitro y vuelta a comenzar desde el principio sin entender en ningún momento para qué demonios iba a necesitar todo aquello en un futuro en el que todavía no tenía claro si quería ser psicólogo, como mi madre, o regentar un bar, como hacía mi padre.

Dada y demostrada mi ineptitud para todo lo relativo a los números, siempre me sentí algo responsable del espíritu embotado y triste que mostraba en clase Don P. Al fin y al cabo, pensaba, llega cada día a este aula tratando de enseñarnos una materia con la que aprenderemos a ordenar el mundo, entender el espacio-tiempo, ser resolutivos y funcionales en el mundo que nos espera, y yo solo le puedo devolver números mal escritos y enunciados no resueltos, aunque sin una falta de ortografía.
Lo prolijidad con que encabezaba los problemas que dictaba con esa voz aflautada, impropia de alguien de su envergadura, no me excusaba ante mí mismo -pues no hay peor juez que uno mismo a tan corta edad, cuando la línea entre lo bueno y malo está tan exquisitamente clara y bien trazada que la culpa y la recompensa son bache y meta de fácil acceso- por esas horas en las que jugaba con la X a despejar de la ecuación, la N del radio de una circunferencia o la A y la U del oro, olvidándome de que las letras tenían en ese contexto otro fin distinto a mis malabares.
Tampoco, por supuesto, me disculpaba un ápice ante Don P., que, supongo que aseveraría la mirada tras sus gafas de sol, apretaba los labios como única señal de disgusto ante la parálisis permanente que exhibían sus alumnos, algunos, por otro lado, sobresalientes en todas aquellas materias que no impartía él e incluso en esas mismas materias durante años anteriores.
En algún momento llegué a barruntar que varias generaciones de incapaces para los números habían minado  a aquel profesor otrora brillante, como lo era John Keating, capaz de levantar de sus pupitres a los alumnos más díscolos con entusiasmo, de hacerles resolver integradas, exclamar hipotenusas, hallar el mínimo común múltiplo de la esencia del universo y, en lugar de un poema, escribir una fórmula sintética con que resumirlo.
Llegue a pensar que todos, yo el primero por esa costumbre tan infantil de tomar lo poco conocido como medida del mundo, le provocábamos ojeras y jaquecas que debía ocultar tras las gafas, que a base de disgustos le habíamos obligado a refugiarse en el tabaco, el alcohol y la comida, y de ahí ese cuerpo orondo, ese andar fatigado y acompañado de bufidos, patizambo al apresurarse por no llegar tarde a clase cuando sonaba el timbre.
Llegue a pensar eso y mucho más -cosas como pequeños cabrones, hijos de puta sin futuro- al mirar a mis compañeros de pupitre, sólo por tratar de empatizar con aquel hombre que, pensaba, no tenía culpa por haber dado con unos ineptos como nosotros, incapaces de entender que el concepto infinito será siempre inasumible para cualquier ser humano, como lo es el no-ser de Parménides o la muerte, propia o ajena.
Aquella culpa me acompañó los dos últimos años de primaria y los tres siguientes de secundaria en los que me tuve que enfrentar cualquier asignatura relacionada con los números. Cada vez que aparecía un 2 me entraba el tembleque, sudores fríos si había más de un decimal e incluso me mareaba y perdía la vista si las cantidades ascendían a más de cuatro dígitos, para disgusto de mi padre, que veía en cada mácula del boletín de notas, en cada elección de itinerario académico eludiendo todo lo relacionado con el cálculo, un potencial fracaso de su único hijo a la hora de extraer márgenes de beneficio del café con leche.
Así, haciendo fintas para evitar las matemáticas, fueron pasando los cursos, hasta que pude respirar tranquilo en mi bachiller de Humanidades y posteriormente en mi carrera de Historia, donde progresivamente me olvidé de todos los números, aunque nunca de aquel ser mitológico que había sido Don P. y sus gafas de sol, intrigado como nos tuvo siempre por lo que escondía detrás de ellas.
No fue hasta casi 10 años después, cuando cursaba mi último año en la facultad, que pude dar por finiquitada aquella extraña fascinación.
Ocurrió en un aeropuerto, de regreso de uno de mis habituales viajes a Cartagena para ver a una novia con la que mantenía una sólida relación a distancia. Mientras esperaba el embarque, se sentó a mi lado un tipo con la pierna enyesada, orondo, viejo y desaliñado, que tardé varios minutos en reconocer.
No hubiera sido difícil imaginar que aquel hombre de edad bien avanzada era la evolución lógica de mi antiguo profesor de matemáticas, si no fuera porque ya no llevaba gafas de sol y unos intensos ojos de color parduzco, desconocidos para mí, escrutaban el mundo a cara descubierta, sin la barrera que tantos años antes me había parecido tan natural en él, restándole todos los años que el tiempo le había echado en forma de senectud. 
Creo que él no me reconoció, aunque traté de ponerle situación: curso del noventa y tantos, escuela pública de tal, sentado en la segunda fila a la izquierda del encerado, muy cerca de su mesa y la ventana desde donde se veía el patio, con fulanito y menganito como alumnos destacados, por sus logros o por sus andanzas.
Creo que no me reconoció, digo, pero aún así le debí encontrar exultante y hablador, porque en apenas 45 minutos supe más de lo que pude arañar en los años que compartimos tres horas semanales de clase. Supe entonces que era un fiel amante del arte del bonsai, que invertía horas en cuidar sus árboles en miniatura, en los que derrochaba casi todos sus ingresos; que su plaza como profesor nunca fue en Matemáticas, sino en Educación Física y que debido un problema congénito de rodilla llevaba años de baja, pues el departamento gubernamental correspondiente, sin mucha averiguación, le había considerado invalidado para dar las clases de gimnasia que, sobre un papel, debería tener asignada; que su ex mujer era policía y que le había abandonado cuando descubrió su affair en la red con una jornalera latinoamericana con dos hijos en Perú y un marido preso por pertenecer a una mara; que su hijo era transportista y que le iba bien, que él supiera, porque nadie de su familia le había perdonado aquel escarceo que comenzó como algo inocente en un foro de contactos de Internet.
Hablaba y yo asentía, solo por darle entender que seguía el hilo de su narración, porque en realidad tenía poco que decir mientras él se iba desnudando lentamente ante mí, desmontándose minuto a minuto, descubriéndome que aquel ser mítico de mi infancia, que aquel genio de la ciencia y los números, era un ser vulgar, lleno de carencias y ausencias y vacío de cualquier otro estímulo que no fuera él mismo y sus estúpidos árboles enanos.
Y así, en la sala de espera de un aeropuerto, mientras un profesor de matemáticas retirado por el Estado se adentraba en sus miserias sin saberlo -porque lo eran para mí y no para él- yo comprendí la importancia del hecho de desmitificar la Historia, de mirar a los ojos a los grandes nombres del pasado para comprender que fueron mis iguales, que quizá ni se ganaron su hueco en los libros de texto, sino que lo dictaron a niños sorprendidos y superados que escribían sin conocimiento, sin que nadie le supiera explicar la lección.
Fue entonces cuando pude librarme de mi culpa y perdí el miedo a los números, consciente de que aquel que los comprendía no era mucho mejor que yo.
Embarcamos y él se fue a su asiento y yo al mío, y, por primera vez, puede calcular mentalmente el coste económico de un fin de semana con mi cartagenera y lo que suponía su equivalente en facturas del gas y la luz a lo largo de un año.
Aquel día, es cierto, me libere de la culpa y me deshice de los mitos, pero también comencé perder a una novia a la que no quise volver a ver.

7 de mayo de 2014

Apuntes para poema #0605201401

Hay que estar ahí, al pie del cañón, en tu puesto de trabajo, ganándote el pan con el sudor de tu frente -malditos Adán y Eva- sacando adelante el trabajo, generando riqueza, siendo productivo. Hay que ganar dinero para luego gastarlo, comprarte unos nuevos zapatos, esa chaqueta que no necesitas, ropa interior que se desgasta con cada lavado.


Hay que estar ahí, es imperativo. En las redes sociales, diciendo chorradas, mentiras o medias verdades, siendo el más ingenioso, el más rápido, el primero en contarlo. Hay que ser único, original, inmediato, hay que saber qué decir, qué responder, morderse la lengua y no insultar. Hay que darle al me gusta, compartir solo buenas noticias, contar las tristes como si fueran las únicas, olvidarse de casi todo lo importante, hacer importante todo lo que no lo es, ser el más gracioso y el más solidario, contestar sin ser descortés.


Hay que estar ahí, es imprescindible. Ir al gimnasio, seguir una dieta, tocar la guitarra, leer cien best-sellers o doscientos clásicos, levantar doce kilos y apuntarse a pilates. Votar, defender una opción o la contraria, intentar decir mucho para no decir absolutamente nada, tachar los días del calendario, ser el primero en algo.


Hay que estar ahí, innegablemente. Hay que escribir en este blog, componer mil poemas, acabar cualquier dichosa novela, hacerse leer en treinta y cuatro países, en seis idiomas, dar conciertos para veinte mil personas, actuar en Broadway, exponer en el Moma, levantar rascacielos, marcar goles para la Historia.


Hay que estar ahí, desde luego, sin saber muy bien dónde.