25 de noviembre de 2014

El mundo sin abrigo

Imagínatelos en cueros, con la carne al descubierto en situaciones en las que normalmente se protegerían con una camisa, un vestido, unos pantalones.
Imagínate que solo llevaran sus chaquetas para protegerse del frío y que despojarse de ellas, en el metro o el autobús, al llegar a la oficina o al entrar en el supermercado, fuera un striptease tan natural como socialmente aceptado.
Imagínatelos a todos desnudos. Ese hombre que se parece a Alfredo Landa, esa colegiala de falda plisada y a cuadros que lee 'Leyendas y Rimas' de Gustavo Adolfo Becquer (cuando tú y yo estudiábamos eran 'Rimas y Leyendas', hasta ese punto hemos perdido la poesía) ese ejecutivo trajeado que mira al frente marcial y engominado, esas dos señoras que intercambian recetas camino de vete a saber a dónde.
Así es como veo yo el mundo, despojado de artificios y tan vulgar como en realidad es.
Recuerdo que ella lloraba en un banco, en un parque, una tarde, y yo solo podía pensar en que sus axilas estaban empapadas; corroboro que cada vez que un jefe se me ha impuesto con órdenes yo he observado sus tristes pelotas flácidas y peludas colgando; que podría interrumpir a los más persuasivos oradores para decir: tu piel se arruga de una forma extraña sobre tu labio superior, o simplemente: tienes un moco ahí; que viendo porno no puedo apartar la vista de la celulitis que folla en pantalla.
Observo el mundo y este me devuelve su imagen en bruto, sin malear, sin sublimar, sin pretensiones de agradar o embellecer.
Observo el mundo y este es sincero, lo cual es de agradecer algunas veces y detesto la mayor parte del tiempo ahora que ya nadie aplaude mis ocurrentes verdades, mi afilada minuciosidad.
Imagínate el mundo desvestido, como aquel día que salió a la calle el emperador y yo grité: ¡está desnudo!
Y la gente aullaba y aplaudía y reía, sin saber que la condena era la mía, que, al tiempo que lo decía, me dolía, que yo sí quería ver su traje nuevo.

9 de octubre de 2014

Gente normal

Hace tiempo que no sé nada de mi amigo W. aunque conociéndole lo poco que le conozco dudo que él utilizase esa palabra, amigo, para definir nuestra relación. Era, o es, más bien, uno de mis conocidos más queridos, una de esas amistades del siglo XXI: sigues su actividad aquí y allá, la que puedes ver en los distintos perfiles online o de la que él quiere informarte, tienes retales de su vida a través de fotos, esbozos si escribe algunas líneas en su bitácora pública y te das por satisfecho con eso, porque una llamada no procede y haría que ambos sintiérais acabada la conversación después del primer qué tal estás y las cuatro frases comunes en ese tipo de diálogos: todo bien, como siempre, aquí sin mucha novedad, aunque quizá todas ellas no sirvan para resumir grosso modo un fragmento de vida y simplemente sirvan para evitar ahondar en temas que al otro no le conciernen, que no queremos compartir o que no tenemos tiempo a desarrollar.

Su desaparicion fue algo abrupta. Un día, sin más motivo, simplemente dijo adiós y sus perfiles dejaron de estar activos y su bitácora no recibió nuevas actualizaciones. Este tipo de salidas de escena pueden ser hoy por hoy más confusas que la muerte; ésta se lleva a alguien sorpresivamente y tú te enteras porque la gente comparte mensajes de duelo y dolor que lees con algo de estupor, era tan joven, es increíble, no parecía enfermo, no merecía irse ya; supongo que las reacciones siguen siendo las mismas a pesar de lo mucho que ha cambiado la forma en que nos enteramos de la noticia o podemos responder a ella.

No creo, en todo caso, que W. haya muerto, de ahí que me resista a hablar de él en pasado. Creo que simplemente decidió apagar una parte de su vida a la que no le encontraba satisfacción alguna. Creo también que salió de escena detrás de una mujer, quizá argentina, quizá chilena, no recuerdo, y se mudó con ella a Buenos Aires o Santiago, utilizando como excusa la mierda de panorama que teníamos por delante los profesores universitarios en España.

Quizá allá haya encontrado plaza docente, que era una de sus metas la última vez que pude compartir terraza y cerveza con él, o esté trabajando como un animal de carga, como se trabaja en todas partes actualmente dicen, en cualquier otra cosa que le permita llegar a casa con un sueldo para comer y salir al cine o comprar libros de cuidadas ediciones que subrayar y releer cuantas veces el tiempo libre le permita, alternándolos con los fines de semana al lado de su argentina o su chilena, que sé yo, que le recibe cada noche tras una larguísima jornada con un cansado qué honda o un cómo fue, y él se derrumba agotado a su lado, sin más ganas que de abrazarla y despertar al día siguiente con su sonoro buen día o escucharle decir un largo pucha en la u cuando le cuenta que todo ha ido como la mierda, porque fulano le cagó la mañana, pero que es maravilloso poder tenerla tan cerca a diario y que no cambiaría su plaza en España, sus amigos y familia, su proyecto de novela, por instantes como esos, en los que ella se le amarra y se le olvida todo: que tuvo otra vida, que tuvo otros planes, que se vió rodeado de otra gente y que compartió en sus perfiles y en su bitácora otra clase de cosas que nada tienen que ver con su argentina o chilena, quién sabe, y que renunció a todo a cambio de convertirse en una persona normal.

20 de agosto de 2014

El olor del vino

Cuando me contó la siguiente historia, acompañaba yo a Don F. a su visita diaria a los viñedos. Hablaba mientras revisaba con ojo experto las espalderas y examinaba con detalle las vides engarzadas a los hilos metálicos.
En el momento en el que ocurrió debía tener él unos 15 años. Me contó que se había enamorado entonces de una joven a la que había conocido en un campamento de verano al que sus padres le habían enviado mientras realizaban un crucero por el Nilo, una ilusión que acompañaba a su madre desde hace muchos años y que su padre, viéndose fuerte de bolsillo, se decidió a cumplir.
La llamaba G. y era un año menor que él. G. ya sabía cómo utilizar la sexualidad que caracteriza a las chicas a esas edades: prematura para los de su edad adolescente, deliciosa para esos prontos adultos recién llegados al polvo, las carnes prietas y la lencería de centro comercial.
G. era pura sensualidad, nervio adolescente y avanzada madurez. Nunca antes había conocido a una mujer así, me decía Don F. camino del bar, con esa fuerza para transmitir sus decisiones, con esos andares firmes y peligrosos, que viniera a besarme y lo hiciera como si no importara nada más que ella y yo, allí y entonces, en algún punto de la sierra granadina a mediados de julio, o donde y cuando cojones pasara todo aquello, que me hago viejo y se me olvida. Eso me decía.
En esas andaba, adolescente, hormonado y enamorado el Don F. casi niño cuando apareció por el campamento un nuevo monitor que vino a agitar aquel verano que estaba pasando como pasan los primeros veranos al acabarse la niñez. 
Puede que al enfrentarlo ahora lo viera de otra manera, pero su recuerdo lo describía con la planta de un guerrero antiguo, la efigie de un Aquiles alto y de músculo cincelado, de espalda ancha y extremidades ágiles y fuertes, aunque -matizaba- un rostro mas bien mediocre, algo desvirtuado por un agresivo acné del que, si bien no quedaba rastro, si había dejado huella.
Se correspondiera o no el recuerdo con la realidad, aquel monitor supo mirar a G. y G. sintió el escalofrío que sienten las adolescentes cuando un mayor se fija en ellas: agradecen el gesto, supongo, coquetean con ellos, desde luego, y queda en manos de cada una hasta dónde les permiten llegar.
Flirteaban, parece ser, sin ningún tipo de pudor ni reparo en que F. estuviera por allí, lo que le sacaba de quicio y le azuzaba los celos irremediable y comprensiblemente. G. seguía fiel a su noviazgo veraniego y negaba la mayor, por supuesto, pero no podía evitar esa mirada derretida del que desea y que a F. le hacía saberse un estorbo, mientras su rival se pavoneaba y se dejaba querer, al tiempo que -creía F.- merodeaba su presa.

En este estado andaban las cosas cuando se encontraron un día los tres en la cancha de frontón. Contra aquella pared de hormigón verde rumiaba y peloteaba todas las tardes mientras G. trenzaba pulseras de hilo y le hablaba de una tierra que él nunca llegaría a conocer. Era aquel un espacio para ellos hasta que se vio invadido por, digámoslo ya, su rival.
En qué términos se decidió el partido no lo recordaba Don F. con claridad, pero sí que aquello se convirtió en una carretera de polvo y arena en la que se colocaba de frente a un enemigo, la mano sobre el revolver, el sombrero calado y la mirada aviesa del que va a tirar a matar. Él, un chico enclenque y nada dado al deporte, frente a aquel gigante de mirada altiva que no apartaba la vista de las piernas de ella. David y Goliat jugando al frontón por el control de Egipto e Israel.
F. debió de ser un pasable jugador de tenis durante su infancia, porque aguantó punto tras punto el embate del oponente. Si le adelantaba en tres, él ganaba dos, si llegaban a un empate con ventaja, lo deshacía con resolución, si el otro saboreaba la victoria, él le igualaba el marcador. Y siempre en silencio, sin algarabía, hosco a la mirada de G. que, a él nunca le expresé esta opinión, debía asistir a una pelea de gallos con la emoción infantil del que se sabe en buena rifa.
Durante más de hora y media prolongaron el partido. Corrían, sudaban, golpeaban la pelota y se retaban en cada punto. F. recordaba cómo se le iba torciendo la mirada al otro, puede que porque esperase un contrario más fácil de rendir, puede que porque la memoria es mentirosa y quiere ver con el tiempo lo que le pasó desapercibido en el presente. Por ello el relato del último punto era épico, Ulises llegando a Ítaca, Atila cabalgando sobre Roma, la derrota de los turcos en Lepanto, Nelson herido en Trafalgar, la batalla del Ebro hasta la última bala, hasta que F. rompió a su rival con pelota lenta y larga que voló por encima de la raqueta, del brazo estirado, del cuerpo atlético y la cara erosionada, de las enormes deportivas alzadas cinco palmos sobre la pista agrietada y botó una vez y luego dos y tres y rodó como con prisa hacia el roto de la verja que servía para entrar y salir a la parte de atrás de la cancha.
Dijo Don F. que no lo celebró. Que solo se irguió un poco más que de costumbre al ver al gigante doblado por el esfuerzo y el peso de la derrota, que tiró la raqueta a sus pies, como Vercingétorix pero sin haber sido derrotado, y que cogiendo a G. de la mano abandonó el campo de batalla, sin mediar más palabra.
No sé si fue mi primera victoria, pero la recuerdo como si así lo fuera, me dijo Don F. arrancando con la mano varias uvas pochas y descartándolas para la tierra seca. Todas las victorias, dijo, saben a esa, todo el buen vino ganado a una mala cosecha huele a ella.

10 de agosto de 2014

Brevísimo apunte autobiográfico incompleto

Esnifábamos cocaína como disparábamos a los perros con nuestras escopetas de balines, bebíamos litronas calientes o hablábamos de follarnos a todas las mujeres que nos cruzábamos a la salida de la discoteca. Lo hacíamos porque era lo que creíamos que debíamos hacer.
Y lo hacíamos todo igual, con la misma intensidad desesperada del que lo quiere todo en el preciso momento en el que lo imagina, la del que no se puede permitir guardar nada para mañana, no por nihilismo o hedonismo, sino por el simple hecho de que tiene poco o nada.

Visto ahora y aquí, cincuenta y tantos años después, creo que solo éramos unos niños que tenían prisa por ser adultos cuando solo habían empezado a orillar la adolescencia. 
Por eso seguíamos echando carreras monte arriba, hacia el cementerio, donde los caminos de tierra se encabritaban y sacaban cabriolas de nuestras motos; asaltábamos desnudos el mar, corriendo como para dejar todo atrás; o compartíamos unas setas y nos tumbábamos a mirar las copas de los árboles contra las nubes, el cielo azul, los pájaros y el rumor del bosque.

Niños jugando a cosas prohibidas para los mayores, eso éramos.

28 de mayo de 2014

Matemáticas

Era profesor de química y todos le llamábamos Don P. Se ponía gafas de sol solo para dar clase y a veces olía a cerveza, especialmente después del almuerzo, cuando subíamos del recreo y teníamos que sentarnos a recitar de memoria la maldita tabla periódica. 
Digo olía y no apestaba intencionadamente, porque lo primero supone un aroma que se desprende, que emana naturalmente de alguien, mientras que lo segundo, apestaba, tiene unas implicaciones peyorativas que no se corresponden con la figura de aquel profesor algo taciturno y derrotado que impartía, sucesivamente, química, física y matemáticas en mi clase de primaria.
Siempre fui un estudiante de ciencias pésimo. Cada jueves al llegar a casa me tocaba copiar la tabla periódica de arriba a abajo, de izquierda a derecha: alcalinos, lantánidos, halógenos, metaloides, por imperativo de aquel hombre que resoplaba cada vez que yo olvidaba el número atómico y el símbolo, por ejemplo, del Radón.
De igual manera, copié si no una, cien veces, la tabla del siete y realice como un autómata docenas de conversiones del gramo al kilo, de este al decalitro o al mililitro y vuelta a comenzar desde el principio sin entender en ningún momento para qué demonios iba a necesitar todo aquello en un futuro en el que todavía no tenía claro si quería ser psicólogo, como mi madre, o regentar un bar, como hacía mi padre.

Dada y demostrada mi ineptitud para todo lo relativo a los números, siempre me sentí algo responsable del espíritu embotado y triste que mostraba en clase Don P. Al fin y al cabo, pensaba, llega cada día a este aula tratando de enseñarnos una materia con la que aprenderemos a ordenar el mundo, entender el espacio-tiempo, ser resolutivos y funcionales en el mundo que nos espera, y yo solo le puedo devolver números mal escritos y enunciados no resueltos, aunque sin una falta de ortografía.
Lo prolijidad con que encabezaba los problemas que dictaba con esa voz aflautada, impropia de alguien de su envergadura, no me excusaba ante mí mismo -pues no hay peor juez que uno mismo a tan corta edad, cuando la línea entre lo bueno y malo está tan exquisitamente clara y bien trazada que la culpa y la recompensa son bache y meta de fácil acceso- por esas horas en las que jugaba con la X a despejar de la ecuación, la N del radio de una circunferencia o la A y la U del oro, olvidándome de que las letras tenían en ese contexto otro fin distinto a mis malabares.
Tampoco, por supuesto, me disculpaba un ápice ante Don P., que, supongo que aseveraría la mirada tras sus gafas de sol, apretaba los labios como única señal de disgusto ante la parálisis permanente que exhibían sus alumnos, algunos, por otro lado, sobresalientes en todas aquellas materias que no impartía él e incluso en esas mismas materias durante años anteriores.
En algún momento llegué a barruntar que varias generaciones de incapaces para los números habían minado  a aquel profesor otrora brillante, como lo era John Keating, capaz de levantar de sus pupitres a los alumnos más díscolos con entusiasmo, de hacerles resolver integradas, exclamar hipotenusas, hallar el mínimo común múltiplo de la esencia del universo y, en lugar de un poema, escribir una fórmula sintética con que resumirlo.
Llegue a pensar que todos, yo el primero por esa costumbre tan infantil de tomar lo poco conocido como medida del mundo, le provocábamos ojeras y jaquecas que debía ocultar tras las gafas, que a base de disgustos le habíamos obligado a refugiarse en el tabaco, el alcohol y la comida, y de ahí ese cuerpo orondo, ese andar fatigado y acompañado de bufidos, patizambo al apresurarse por no llegar tarde a clase cuando sonaba el timbre.
Llegue a pensar eso y mucho más -cosas como pequeños cabrones, hijos de puta sin futuro- al mirar a mis compañeros de pupitre, sólo por tratar de empatizar con aquel hombre que, pensaba, no tenía culpa por haber dado con unos ineptos como nosotros, incapaces de entender que el concepto infinito será siempre inasumible para cualquier ser humano, como lo es el no-ser de Parménides o la muerte, propia o ajena.
Aquella culpa me acompañó los dos últimos años de primaria y los tres siguientes de secundaria en los que me tuve que enfrentar cualquier asignatura relacionada con los números. Cada vez que aparecía un 2 me entraba el tembleque, sudores fríos si había más de un decimal e incluso me mareaba y perdía la vista si las cantidades ascendían a más de cuatro dígitos, para disgusto de mi padre, que veía en cada mácula del boletín de notas, en cada elección de itinerario académico eludiendo todo lo relacionado con el cálculo, un potencial fracaso de su único hijo a la hora de extraer márgenes de beneficio del café con leche.
Así, haciendo fintas para evitar las matemáticas, fueron pasando los cursos, hasta que pude respirar tranquilo en mi bachiller de Humanidades y posteriormente en mi carrera de Historia, donde progresivamente me olvidé de todos los números, aunque nunca de aquel ser mitológico que había sido Don P. y sus gafas de sol, intrigado como nos tuvo siempre por lo que escondía detrás de ellas.
No fue hasta casi 10 años después, cuando cursaba mi último año en la facultad, que pude dar por finiquitada aquella extraña fascinación.
Ocurrió en un aeropuerto, de regreso de uno de mis habituales viajes a Cartagena para ver a una novia con la que mantenía una sólida relación a distancia. Mientras esperaba el embarque, se sentó a mi lado un tipo con la pierna enyesada, orondo, viejo y desaliñado, que tardé varios minutos en reconocer.
No hubiera sido difícil imaginar que aquel hombre de edad bien avanzada era la evolución lógica de mi antiguo profesor de matemáticas, si no fuera porque ya no llevaba gafas de sol y unos intensos ojos de color parduzco, desconocidos para mí, escrutaban el mundo a cara descubierta, sin la barrera que tantos años antes me había parecido tan natural en él, restándole todos los años que el tiempo le había echado en forma de senectud. 
Creo que él no me reconoció, aunque traté de ponerle situación: curso del noventa y tantos, escuela pública de tal, sentado en la segunda fila a la izquierda del encerado, muy cerca de su mesa y la ventana desde donde se veía el patio, con fulanito y menganito como alumnos destacados, por sus logros o por sus andanzas.
Creo que no me reconoció, digo, pero aún así le debí encontrar exultante y hablador, porque en apenas 45 minutos supe más de lo que pude arañar en los años que compartimos tres horas semanales de clase. Supe entonces que era un fiel amante del arte del bonsai, que invertía horas en cuidar sus árboles en miniatura, en los que derrochaba casi todos sus ingresos; que su plaza como profesor nunca fue en Matemáticas, sino en Educación Física y que debido un problema congénito de rodilla llevaba años de baja, pues el departamento gubernamental correspondiente, sin mucha averiguación, le había considerado invalidado para dar las clases de gimnasia que, sobre un papel, debería tener asignada; que su ex mujer era policía y que le había abandonado cuando descubrió su affair en la red con una jornalera latinoamericana con dos hijos en Perú y un marido preso por pertenecer a una mara; que su hijo era transportista y que le iba bien, que él supiera, porque nadie de su familia le había perdonado aquel escarceo que comenzó como algo inocente en un foro de contactos de Internet.
Hablaba y yo asentía, solo por darle entender que seguía el hilo de su narración, porque en realidad tenía poco que decir mientras él se iba desnudando lentamente ante mí, desmontándose minuto a minuto, descubriéndome que aquel ser mítico de mi infancia, que aquel genio de la ciencia y los números, era un ser vulgar, lleno de carencias y ausencias y vacío de cualquier otro estímulo que no fuera él mismo y sus estúpidos árboles enanos.
Y así, en la sala de espera de un aeropuerto, mientras un profesor de matemáticas retirado por el Estado se adentraba en sus miserias sin saberlo -porque lo eran para mí y no para él- yo comprendí la importancia del hecho de desmitificar la Historia, de mirar a los ojos a los grandes nombres del pasado para comprender que fueron mis iguales, que quizá ni se ganaron su hueco en los libros de texto, sino que lo dictaron a niños sorprendidos y superados que escribían sin conocimiento, sin que nadie le supiera explicar la lección.
Fue entonces cuando pude librarme de mi culpa y perdí el miedo a los números, consciente de que aquel que los comprendía no era mucho mejor que yo.
Embarcamos y él se fue a su asiento y yo al mío, y, por primera vez, puede calcular mentalmente el coste económico de un fin de semana con mi cartagenera y lo que suponía su equivalente en facturas del gas y la luz a lo largo de un año.
Aquel día, es cierto, me libere de la culpa y me deshice de los mitos, pero también comencé perder a una novia a la que no quise volver a ver.

7 de mayo de 2014

Apuntes para poema #0605201401

Hay que estar ahí, al pie del cañón, en tu puesto de trabajo, ganándote el pan con el sudor de tu frente -malditos Adán y Eva- sacando adelante el trabajo, generando riqueza, siendo productivo. Hay que ganar dinero para luego gastarlo, comprarte unos nuevos zapatos, esa chaqueta que no necesitas, ropa interior que se desgasta con cada lavado.


Hay que estar ahí, es imperativo. En las redes sociales, diciendo chorradas, mentiras o medias verdades, siendo el más ingenioso, el más rápido, el primero en contarlo. Hay que ser único, original, inmediato, hay que saber qué decir, qué responder, morderse la lengua y no insultar. Hay que darle al me gusta, compartir solo buenas noticias, contar las tristes como si fueran las únicas, olvidarse de casi todo lo importante, hacer importante todo lo que no lo es, ser el más gracioso y el más solidario, contestar sin ser descortés.


Hay que estar ahí, es imprescindible. Ir al gimnasio, seguir una dieta, tocar la guitarra, leer cien best-sellers o doscientos clásicos, levantar doce kilos y apuntarse a pilates. Votar, defender una opción o la contraria, intentar decir mucho para no decir absolutamente nada, tachar los días del calendario, ser el primero en algo.


Hay que estar ahí, innegablemente. Hay que escribir en este blog, componer mil poemas, acabar cualquier dichosa novela, hacerse leer en treinta y cuatro países, en seis idiomas, dar conciertos para veinte mil personas, actuar en Broadway, exponer en el Moma, levantar rascacielos, marcar goles para la Historia.


Hay que estar ahí, desde luego, sin saber muy bien dónde. 

28 de abril de 2014

Línea 9

- Hijadeputa

La anciana tiene el pelo completamente cano, níveo diría un escritor del siglo dieciocho, y ha soltado el insulto entre dientes al oído de su interlocutora, pero con el volumen suficiente como para que lo oiga ella, su nieta y las cinco personas que la rodeamos a las siete y media de la mañana en la línea nueve.
La afluencia de gente en esta franja horaria varía en cuestión de minutos. A las ocho menos cuarto el andén está lleno de gente que se afana y las escaleras se bajan de dos en dos y de tres en tres; diez minutos antes el ambiente es incluso relajado, adormilado y ralentizado por el madrugar, sucedido a cámara lenta y sin la premura del que no madruga tanto.

- Shhhh, eso no ¿eh? Madre, eso no

En los ojos de la anciana se apaga algo. Más bien, todo. La furia con la que ha insultado desaparece y parece no comprender lo que ha dicho unos segundos antes. De asesina a inocente permanente, de culpable a exculpada perenne. Ha olvidado lo que ha dicho, lo que quiere decir y lo que siempre ha pensado: sus ojos son los del cachorro que todavía no ha visto en la calle los peligros que le aguardan.

- Sí.

El tren que llega se le lleva los ojos y la mirada perdida y también el enfado a la hija, que tiene el pelo rizado y un poco revuelto, como la ama de casa que quiere estar a todo y no llega, y se peina y seca el pelo con prisa a las seis para poder darle el desayuno a la niña y vestir a la madre, tomarse el café con leche  y ponerse el traje de chaqueta rojo que le regalaron en su último cumpleaños, aquel que envejece en el armario sin que llegue ese día especial para el que quería reservarlo cuando lo desempaquetó.

Cuando entran en el vagón y varias personas se levantan uno recupera la fe en el ser humano, como si la buena intención del que cede el asiento redimiera mil años de comportamiento animal. Casi se puede oír crujir la espalda de la anciana y la hija a la par mientras la nieta, la hija, arrastra su mochila entre piernas trajeadas y semblantes dormidos. La edad la dicta el chirriar del cuerpo y no los años y así lo demuestra cualquier trayecto en el transporte público de esta ciudad.

- Siéntese, madre, siéntese. Venga, siéntese, que la dejan sitio, siéntese.

Y la madre de la madre se sienta y extravía la vista en los pasajeros, mientras se suceden las estaciones: Duque de Pastrana, Colombia, Príncipe de Vergara. Ella se olvida de cada una al ritmo que llega, Duque de qué, Colom cómo, Príncipe de tal, bla-bla-bla de una voz robótica que advierte que hay salidas peligrosas, curvas sinuosas, paradas cada vez más lejos de aquel lugar que tu hija llama casa y tu ya no reconoces si quiera como algo habitual.

6 de febrero de 2014

Monstruos que fuman

En un estanco al sur de Madrid una joven muy maquillada y de cara algo equina me enseña una gran sonrisa mientras entro por la puerta apurando el cigarrillo, seguido por el invierno mesetario, que se cuela en cualquier parte cuando le das la espalda. 
Hace un frío del demonio estos días.
 
- Buenos días, caballero ¿fuma usted? 
Me cuesta siempre recordar que en los estancos además de fumadores puede uno encontrar a otro tipo de clientela asidua, porque si no, qué sentido tendría ese cartel: Prohibido Fumar que colocan en las puertas y que se antepone entre tú y seis millones de cigarrillos y otros tantos gramos de picadura para pipa y papelillos con actitud algo grouchiana: un club de fumadores donde no permiten fumadores.
Me hago mayor, pienso también, y las azafatas jóvenes me tratan de usted, como ha debido tratar esta ante la que me disculpo por no acostumbrar su marca al anciano que rasca con unas llaves un boleto o a la señora de la que cuelga un niño, del que cuelga un muñeco antropomórfico y rojo.
- ¡Beatriz, cuánto tiempo!- Dice la estanquera- Ya pensaba, esta no vuelve a aparecer por aquí ¿cómo va todo?
- Pues liada, hija, como todos, dame dos paquetes de Camel y el abono del mes, me traigo ahora a este del colegio para comer y luego a la peluquería, y dame también un encendedor, hasta que llegue Antonio, que aquí cada uno tiene sus horarios.
- Uy, Antonio, hace tiempo que no le veo tampoco, digo ¿habrá dejado de fumar?, el de la zona A, como siempre ¿verdad? toma, esto por un lado, pues también la Clara me preguntaba por ti el otro día ¿vas a darte tinte? y esto por otro
- No, no, qué va, a pagarle el mes pasado, este no toca, gracias, toma cóbrate también lo que te debo de la otra vez, el cartón y el abono
- Dos cartones
- Eso, dos cartones y el abono, que una no puede estar yendo al peluquero cada dos por tres, que con la gracia son cuarenta euros que ahí se quedan
- Pues yo te iba a decir que te veo mucho mejor así, como con las mechas californianas esas y el pelito suelto

La criatura antropomorfa y roja trepa por la pared hacia el mostrador y el cristal de doble grosor haciendo ruidos guturales que atestiguan el esfuerzo de la escalada y lo temible de su llegada. El niño parece dispuesto a permitir que destruya con fuego, rayos o hielo, indistintamente, todo lo que vaya a encontrar a su paso una vez corone la cima.

- Buenos días, caballero ¿fuma usted?
- No, no, buenos días Tomás ¿rascando un cuponcito?- Otro anciano y el invierno se acercan hacia el hombre enfrascado en su tarea. El frío es un vahído a los pocos segundos y las hojas secas hacen un remolino y se quedan en la puerta.
- ¡Hombre! Pues sí, a ver si toca y nos saca de pobres, que si no, no hay manera.
- Eso está bien, hombre ¿Qué tal los nietos?- Le da una palmadita en la espalda y se queda a su lado, atento a la segunda fruta que aparece en el boleto, por si fueran tres sandías y hubiera suerte y de pronto todo el estanco se convirtiera en una algarabía de dos mil quinientos euros- ¿Tu hijo y tu nuera siguen buscando trabajo?
- Y sí, que está fastidiada la cosa y no hay manera, fíjate que el otro día decía Toño que si se iban al pueblo de su madre a coger trabajitos de camarero, que así se adelanta a los que van a buscar empleo para el verano en la playa y yo que sé- Alza la mano con algo de desdén y vuelve al ataque con la tercera fruta oculta empuñando su llavero- y, qué digo yo, si no habrá también aquí turistas para atender todo el año que se tienen que ir y dejarnos a nosotros con los críos, que se pasan toda la semana comiendo y cenando en casa.
- Bueno, menudos son, y los míos igual, no te creas, está mi mujer preparando comida y tuppers a todas horas, que ya hace comida para cinco y compra como para siete, rasca, rasca, a ver si sale, vamos que no sé yo cómo estiramos la pensión ¡no sé yo!

Evidentemente, la tercera sandía no sale. Creo que son unas cerezas o una fresa o no sé, porque quiero comprar mi bolsa de filtros sin que una criatura antropomórfica y roja me devore o me escupa fuego o rayos o hielo, que sé yo, y acabe aquí frito o congelado por venir a un estanco en el momento menos oportuno.
- Buenos días, señora ¿fuma usted?
Una señora sobre la que pesan ciento doce años así a ojo de buen cubero entra apoyada en un bastón de nogal barnizado dando pasitos muy cortos, impelida por el viento más de lo que este debería obligar a apresurar el paso a alguien de su tamaño y edad. 
No parece apropiado intentar venderle tabaco, me digo cuando me cruzo con ella de salida, a tenor del tubo de goma que lleva insertado en las fosas nasales y que serpentea hasta la bufanda y por debajo del chaquetón gris y desgastado.
Aún así, la azafata sostiene la sonrisa y el parpadeo con valiente heroísmo, por la gloria de Marlboro, gritaría si pudiera, aquí un buen cigarrillo y después gloria.
 
El invierno se me engancha a la barba, me tira de las orejas y cuelga de mi nariz, mientras huyo de un monstruo rojo que todavía no ha comido hoy, de cuarenta euros pendientes en la peluquería y el abono de la zona A de este mes y del pasado, de unos hijos y unos nietos que se cenan la pensión, de una anciana que se enfrenta al frío con botellas de oxígeno, como se enfrentan al Annapurna los alpinistas.
El invierno es hostil, pero, igual que el día a día, siempre lo ha sido. Ocurre que durante mucho tiempo se nos había olvidado, quizá por la calefacción, quizá por lo largo que puede llegar a hacerse el verano en una ciudad de cemento, pero la memoria del frío parecía algo pasado. Como las deudas, los hijos y los nietos a cargo, la muerte o aquellos años en que fumar costaba doscientas pesetas. Había quedado todo atrás, en el trastero, olvidado. Como los monstruos antropomórficos que escupen fuego, rayos o hielo.

8 de enero de 2014

Trilogía del Movimiento: Tres

A veces la vida parece pasar entre momentos y circunstancias que se asumen como excepcionales, como si se hubiera instalado en lo provisional y así estuviera cómoda, sin necesidad de asentarse en una rutina o de adolecer de una costumbre. Esas veces la vida parece como un eterno fin de semana en el campo o cerca del mar, que más da, el caso es que parece un fin de semana lejos de la gente corriente.
La sensación, sin embargo, es la de un impostor, la de alguien que está ahí de prestado.

Recuerdo esa sensación a cuenta de un tipo al que conocí durante mis años en Fayetteville, en el bar cerca de la facultad de Filología y Literatura Española donde ejercía como profesor adjunto y que solía frecuentar junto a mis colegas de departamento. Le llamaban Bob, aunque sospecho que no era su nombre real.
Aparentemente, Bob, o como se llamara, si es que su nombre auténtico llegó a importarle a alguien en algún momento, no tenía más ocupación que la de sentarse a la barra de madera de alcornoque a vaciar una pinta tras otra, lentamente y sin prisas, como el que ha hecho del tedio su ocupación y se dedica a ello en cuerpo y alma, concentrándose en cada pequeño sorbo, en cada viaje a sus labios, en la fina capa de espuma o en las burbujas de su budweiser cuando se acercaba sorbo a sorbo al culo del recipiente.
Le acompañaba siempre una flat coated retriever de pelo liso y azabache, con un pañuelo verde enroscado a modo de collar a un cuello ancho y que en otro tiempo debió ser altivo y esbelto. Jamás llegué a saber el nombre del animal, igual que nunca entendí ni una sola palabra de las que pronunciaba Bob, siempre en evidente estado de embriaguez o demasiado ensimismado en su cerveza como para molestarse en alzar la voz lo suficiente como para hacerla si quiera audible.
Si bien a día de hoy, pasados ya tantos años de aquellas tardes entre la luz tenue y las paredes verde ocre, solo acertaría a esbozar cuatro detalles de Bob -quizá lugares comunes de cualquier mendigo: el pelo ralo y sucio, el chaquetón desgastado, la tez morena y curtida, surcada de arrugas- sí recuerdo con claridad los dos pares de ojos de aquel curioso dúo. Los de él de un azul casi extinto, los de ella cubiertos por esa capa blanquecina y tétrica que dejan las cataratas sobre las miradas.
Paseaba la perra, pese a aquella niebla en la vista, con total seguridad por el bar, olisqueando el suelo en busca de algún cacahuete extraviado, olfateando a los clientes no habituales, moviendo el rabo y apoyando el hocico sobre el regazo de los parroquianos que frecuentaban el establecimiento en busca de un gesto o una palmada en el lomo.
Titubeaba pocas veces en ese andar parsimonioso y cansado que solo muestran los animales más viejos. Quizá al dar con el morro en un taburete fuera de su lugar habitual o al perderse en el laberinto formado por mesas y sillas de grupos alborozados y numerosos. Nunca, sin embargo, la vi perder la pista de su dueño.
Ya de noche, cuando el bar olía a los primeros cubos de lejía y los últimos rezagados remoloneaban codo en barra y arrastrando la lengua, se postraba junto a él, pendiente de su respiración pesada y rota, de su sueño intranquilo con la cabeza escondida entre los brazos, el cuerpo encorvado y volcado sobre la barra y la última pinta del día.
Aguardaba pacientemente a que el dueño agitara a Bob y le acompañara a la puerta o se encargaba de lamerle con cariño la cara cuando completamente borracho se caía del taburete y continuaba su sueño en el suelo, estirado todo lo largo que la gravedad no le permitía cuando se hallaba en posición vertical.
El animal ciego era entonces el guía y acompasaba su paso a los tumbos del amo, girándose de tanto en tanto para oler el aire y cerciorarse de que continuaba junto a ella el camino hacia las vías del tren, perdiéndose ambos al final de la calle, bajo la luz mortecina de las farolas que al día siguiente les volverían a ver llegar hasta la puerta del bar.

Pienso en aquellos años y en Bob y en la perra ciega y no puedo evitar sentir cierta nostalgia por todas esas escenas del pasado a las que asistí sin participar en ninguna de ellas. Ni siquiera para acariciarla o preguntar su nombre, como si saberlo fuera a situarme fehacientemente en aquella trama y me sacara del papel de espectador de un entreacto en el que siempre me esforcé por permanecer.