28 de noviembre de 2013

Microrrelatos

1
 
Cásate con la dueña de algo, le dijeron, y se casó con una mujer dueña de si misma
 
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2
 
Le dejó en los postres, desde entonces el fin del amor sabe a tarta de queso
 
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3
 
Se enamora de ella cada mañana, durante 5 paradas: De Gran Vía a Cuatro Caminos. Cada tarde la engaña con otra de Moncloa a Chamartín
 
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4
 
Lo abrió en canal con la facilidad que se trincha un pavo. Nunca lo sabría: en España no se celebra Acción de Gracias
 
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5
 
Se santiguaba en los vagones como se santiguan las ancianas en los aviones a pesar de que solo tenía 20 años y que Dios no baja hasta el andén de la línea 6
 
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6
 
El espíritu de su madre se le aparecía cada noche para colocar salvamanteles y repasar con un trapito los rincones más difíciles de su nuevo hogar
 
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7
 
Columnista, tertuliano y crítico hasta el fin de sus días, nadie descubrió que era sordo hasta que lo reveló su viuda
 
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8
 
Tras meses de visitas semanales a su consulta, se armó de valor para pedirle una cita al veterinario. Rompieron meses después, cuando descubrió que a su perro no le pasaba nada
 
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9
 
Cada mañana, al bajar del autobús, se presentaba en la oficina con una denuncia por secuestro contra todos sus superiores
 
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10
 
Adoptó un schnauzer blanco y le enseñó a dar la patita, hacerse el muerto y a pontificar
 
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25 de septiembre de 2013

Trilogía del movimiento: Dos

Puedo presumir de una virtuosa y providencial memoria de experto fisonomista, de un don casi profético para recordar cualquier rostro en el que en algún momento haya posado la mirada. Por eso adoro los trayectos de metro de camino a la oficina o de vuelta a casa, es como viajar en vagones repletos de conocidos que no harán que te detengas a saludarles, pero que en cada encuentro dejan entrever pequeños detalles de cómo les va la vida.
Podría, por ejemplo, localizar al violinista que interpreta incansablemente una y otra vez una versión instrumental de Robbie Williams acompañado de su estertoroso altavoz en las líneas cinco, tres, diez y seis; llevaros hasta el mago de la siete, la uno y la tres que convierte el agua en champagne y el papel en billetes de cincuenta euros y se enfada con los viajeros cuando ninguno de ellos le presta atención -yo consigo llenar vagones de gente que viene a verme, grita de tanto en tanto con ese marcado acento italiano y agitando la varita y un trozo de cuerda que se vuelve rígida cuando él la acaricia- o hablaros de los problemas cotidianos de esa adolescente que ahora mismo se tambalea de forma ridícula con el traqueteo del tren al tratar de sentarse y adivinar el estado de ánimo de esa mujer con la permanente tan bien fijada contra los vaivenes de la vida por el libro que está leyendo.
A la mayoría de ellos -digamos unos cuantos millones- puedo ponerles nombre. No sois muy conscientes de lo fácil que resulta acabar descubriéndolo por casualidad en el punto de un libro, en una llamada que respondéis, en un encuentro con alguna amistad, al revisar la cartera o juguetear con el móvil cuando nos encontramos en los túneles o compartimos vagón. En mi memoria tú y yo nos cruzamos ayer y anteayer, te recuerdo como tu me recordarías a mi si hubiéramos compartido asiento durante años. Con una gran diferencia: para ti no soy nadie y, por tanto, rara vez reparas en mi presencia cuando estoy a seis pasos de ti, lo que me convierte, prácticamente, en un ente invisible para todos vosotros.
A veces simplemente estoy ahí, sin prestaros mucho atención, concentrado en un libro, en la música o en mis manos. A base de mucha práctica he conseguido acallar los resortes que dispara la mente cuando reconoce un rostro o un cuerpo familiar y la mayor parte del tiempo sois vosotros los que sois invisibles para mí. Otras me apetece saber qué es de vosotros y vuestra vida y solo tengo que levantar la vista para que en mi memoria se abra un diminuto cajón en un gran archivador. 
Así como Borges creía que el universo estaba formado por un número indefinido y tal vez infinito de galerías hexagonales repletas de anaqueles con libros, yo describiría mi interior como un vastísimo archivador de color verde oscuro y tacto rugoso en el que guardo, entre otro número indefinido de recuerdos, fotografías de la mayor parte de vosotros. 
En muchos de los cajones hay solo una fotografía, son los de esas personas a las que he visto en mis viajes fuera de esta ciudad; en otra gran cantidad de recipientes hay dos o tres fotografías, algunas realizadas en esta ciudad, otras tomadas en un encuentro fugaz allí donde veraneasteis hace unos años o incluso en aquella escapada de fin de semana. Aunque os parezca increíble, os asombraría lo sencillo que resulta también coincidir con vosotros una y otra vez en una sociedad que se rige por el tiempo y su control, que tiene estructuradas sus vidas por calendarios con los mismos días laborables, horas y periodos de ocio y recogimiento muy similares, gustos y actividades escalofriantemente parecidas. Observándoos como yo os observo a veces, tan detenidamente y tan avalado por la memoria, os diría que a veces nuestro tiempo parece más bien secuestrado y conducido por unos usos, modas y costumbres que hemos aceptado sin cuestionar ni rechistar, más que gestionado por nosotros mismos.
Lo prueban esa inmensa cantidad de anaqueles borgianos en los que hay libros enteros sobre vosotros. La mayor parte del tiempo nos movemos en los mismos pasillos del metro, yendo y viniendo de lugares de sobra conocidos, haciendo constantemente la misma sucesión de cosas, viendo a las mismas personas. Somos animales de costumbres, aunque la mayor parte del tiempo no queramos aceptarlo. 
Luego cada uno se complica o facilita la vida interior a su gusto. Ese caballero trajeado de la derecha, por ejemplo, trabaja en una oficina de la periferia, tiene dos hijos, una esposa y una amante, hace poco murió su padre y su madre, a la que ve solos algunos fines de semana, requiere más de él por teléfono de lo que a él le gustaría. Me lo he encontrado más de una noche abrazado con ardor a su amante -una exuberante latina de carácter suave y voz melosa que vive a doce paradas de su casa- besando cariñosamente a la que ha sido su mujer durante los últimos quince años o tan distante y enojado con las dos como si en realidad ninguna le importara lo suficiente. Lo he visto jugar y reñir con sus hijos, reír con algún que otro amigo al que me he cruzado en incontables ocasiones los días que me da por regresar andando a casa; lo he visto perder la mirada en una pantalla. Eso es, por cierto, lo que más veces nos vemos hacer y lo que, de unos cuantos años para acá, hace cada vez más aburridos los trayectos en metro: lo mucho que nos perdemos en nuestras pantallas.
Como a él, os veo envejecer lentamente, como vosotros podríais verme a mí si tan solo vuestra minúscula memoria, vuestra diminuta biblioteca, vuestro insignificante archivador, fuese capaz de recordarme. Viéndoos a veces diría que la vida es poco más que el transcurrir del tiempo sobre los cuerpos mientras cada uno resiste a su manera, sin acordarse de los que están a su alrededor como ellos tampoco se acuerdan de él.
Creéis que sois anónimos, que pasáis inadvertidos entre toda esa gente que viaja en metro, pero os equivocáis, yo os recuerdo.

8 de septiembre de 2013

Trilogía del movimiento: Uno

Jota estira mucho el brazo y me sujeta el volante con la mano izquierda, mientras con la derecha me ofrece una carpetilla de cuero negro que ha utilizado como bandeja. Si la viera mi madre, tiznada como está, seguramente no le haría mucha gracia. Ella, que ha ordenado los recibos, garantías y certificados por tamaño y fecha, que comprueba cada mes la presión de las ruedas, que lleva siempre bombillas de repuesto.
Ladeo la cabeza para apartar la melena y me inclino por debajo del salpicadero mientras mantengo el pie sobre el acelerador y la velocidad en el carril derecho. Un toyota rojo nos adelanta con la música a todo trapo.
La naturalidad de ciertos gestos delata el hábito. Lo sé por la forma de ciertas personas de sujetar el cigarrillo, con esa rigidez tan forzada del que sostiene algo temiendo quemarse la punta de los dedos, y en como lo chupan exageradamente y expulsan el humo, como ayudándole a salir llevando hacia delante la mandíbula. Para un fumador, cualquier pitillo es una extensión de sus dedos y un pedazo de sus pulmones, forma parte de él como él forma parte del alquitrán, la hoja seca y la nicotina.
Se me amarga el semblante, recupero el control del coche y aprieto la cabeza contra el reposacabezas mientras acelero y dejo que avance la noche, que en esta carretera es una sucesión de farolas y señales verticales y horizontales y amarillos, blancos, azules, rojos. 
Busco ponerme en línea con el toyota, Ese le mete mano a Eme en el retrovisor. Puedo ver las bragas rosas de Eme mientras Ese le hurga sin compasión alguna y el sujetador de Ese como desmayado sobre su brazo mientras Eme le soba las tetas y le come la boca. 
Jota me mira y me guiña un ojo y creo me sonríe a través de la barba, tan espesa, morena y abundante, que apenas permite distinguir que allí debajo habiten unos labios. Sé que ríe porque lo hace siempre con la mirada y no con la boca y por esas arrugas de expresión que empiezan a formarse al final de sus ojos y que evidencian muchas sonrisas o tal vez demasiado sol.
El toyota juega conmigo. Me saca un cuarto de carrocería, frena y se queda un cuarto por detrás, se acerca y se aleja pisando la línea continua. El sonido de la radio de ambos se entremezcla saltando de una ventanilla a otra y descubro que mi radio tiene un retardo de un segundo: love you so mu-love you so much it makes me sick come on over and shoot the shit. Minúsculas brasas se avivan y salen disparadas cuando, desde el vehículo de al lado, Te alarga el brazo hacia mí.
Noto el aceite en mis labios y un espeso humo me puebla la garganta. Jota se inclina hacia mí, me quita el humo de los labios y de los dedos, me acaricia el lóbulo y la mejilla, juega con la gargantilla y con mi escote. She keeps it pumpin straight to my heart, she keeps it pumpin straight to my heart, she keeps it pumpin straight to my heart...

Quizá morir sea lo sencillo. Por eso Cobain quiere ausentarse y piensa en rifles y pistolas, aunque es solo un hombre blanco más, deprimido y angustiado por la ausencia de sentido de la vida en Occidente, tan decadente y ridículo como lo somos nosotros en este momento, niños ricos jugando al existencialismo, humanos que eligen vivir enfadados.
Por qué coño no te quieres un poco, no valoras lo que tienes y quién te quiere; por qué coño eres tan puto egoísta; por qué no te crees de una puñetera vez que mereces ser feliz, me han gritado hace unas horas. Se le oía furioso y cansado al otro lado del teléfono, a cientos de kilómetros de estos dos coches, del garabato que Jota dibuja con sus dedos en mi nuca, del calentón de Eme y Ese. Si estuviera allí, junto a él, esta noche no haríamos el amor y en algún momento me reprocharía: ya no te reconozco.
Quizá yo tampoco quiera reconocerme, quizá no esté hecha para querer o que me quieran, quizá solo quiera seguir adelante sola y todo ello no signifique que vivo abonada a la tristeza. Quizá solo quiera pensar en esta noche, dejar que la tristeza se mate en la carretera y que sea otro el que la cante. Quizá morir sea lo sencillo y vivir lo complicado. Quizá yo eluda tomar decisiones y me limite a pensar hoy en esta noche, mañana en lo que toque y lo único que desee es haber sido coherente cuando me llegue el momento. Quizá nos matemos en la siguiente curva.
A quién le importará para siempre. Desde luego, no a mí, porque esta noche es lo único importante, yo sigo siendo joven en mis treinta y todo lo que tengo que hacer es conducir.

12 de junio de 2013

Francisco y el lobby homosexual

Resulta que en los altos círculos vaticanos existe un grupito de gente que ha acumulado tanto poder e influencia que hace y deshace las cosas de la curia con cierto antojo ajeno al del Papa. Que dicho grupito opera con formas y modales más propios de una trama de corrupción tipo Gürtel o Fondo de Reptiles y que, se dice se comenta, podría haber forzado de alguna manera la dimisión de Ratzinger.
A este grupito el Papa Francisco lo ha llamado 'lobby'. Como si todos los grupos de presión carecieran de ética.
Resulta que dicho grupito de prelados se ha dedicado, entre otras actividades que infringirían algún que otro mandamiento, a montar una pequeña red, si no de prostitución, sí de intercambios sexuales entre miembros de la curia romana y jovencitos y seminaristas. En dichas prácticas proxenetas, de las que se deducen intercambio de favores y dinero, se daba, por supuesto el chantaje a sus participantes.
A este grupito el Papa Francisco lo ha llamado también 'homosexual'. Como si todos los homosexuales fueran depravados sin escrúpulos.
 
Y así, el Papa y sus corifeos sitúan al mismo nivel homosexualidad y delito, como si lo segundo fuera causalidad de lo primero, o como si el tema no fuera preocupante si los corruptos implicados fueran todos heterosexuales.
Y como además uno sospecha que en ciertos ambientes no se da puntada sin hilo, propone al Papa Francisco, del que se dice que es capaz de abordar los asuntos sin tapujos, con humildad y espíritu progresista, un nuevo calificativo para el grupito, uno que sintetiza su espíritu y acción con certitud española: panda de chulo-putas.
 
Así, cuando los mencione en público o en corrillos pastorales, solo tendrá que disculparse con las putas, porque al menos ellas son unas profesionales.
 
Publicado originalmente en: LaSemana.es

21 de marzo de 2013

No hay respeto

A los tupper los llamábamos fiambreras.
Lo recuerdo a cuenta del debate en torno a la última ocurrencia de un alto cargo de Educación de la Xunta.

Los hechos: se debate una reforma del modelo de ayudas a la educación pública en el Parlamento y, en un momento dado, el político en cuestión deja caer que las autoridades no pueden garantizar "el análisis, trazabilidad y el principio de cautela" de los tupper que los alumnos llevan al colegio. Que precisamente por eso está completamente justificado que lo que antes recibía una subvención pública ya no la reciba tanto y que a partir de ahora a pagarlo. Y además, sin remedio, porque las fiambreras no son trazables.
Horas después rectifican: Perdón, que no era eso, que sí estarán permitidos, pero como no se pueden garantizar "el análisis, trazabilidad y el principio de cautela" de los tupper, que los niños se sentarán en un sitio aparte, por si todas esas palabras propias de un gestor de residuos tóxicos son infecciosas y acabamos todos fatal de lo nuestro.

La primera reacción ha sido la misma que habría tenido la madre del alto cargo si, sentado en la mesa, rechazara la comida por no poder garantizar "el principio de cautela" de la misma: Hasta aquí podíamos llegar, qué barbaridad, ni la comida de una madre nos van a respetar. Una colleja le caía, seguro.
Y, en fin, cuando uno recuerda las loas de algunos a nuestro presidente del Gobierno; cuando tira de archivo y rememora panegíricos sobre la austeridad y la sobriedad con las que llegó Rajoy a Los Quintos de Mora con su coche, su familia y su tupper en el maletero, no puede menos que esbozar una sonrisa. Por lo tozuda que es la realidad en una hemeroteca y por los golpes al hígado que a veces nos da a políticos y periodistas.

Con esa sonrisa y algo de sardonismo se sienta uno ante el teclado cuando recuerda algunas historias que le han contado sobre colegios públicos de la España de los últimos 30 años. Historias que seguro que se repiten en muchos otros centros de todo el Estado.
Resulta que existen algunos colegios, en algunos barrios, en los que algunos niños tienen, digamos, mal controlados los hábitos alimenticios y se presentan día sí, día no, todos los días, con poco o nada que comer.
Ábrase a partir de aquí el debate sobre los motivos, pero vamos al grano: esos casos existen. Lo podrán contar muchos profesores de la enseñanza pública sin suavizar tanto las formas.
Sumemos a esos casos los que produce la dispersión poblacional en la tierra gallega. El resultado es un mayor número de niños necesitados del apoyo de lo público: el colegio, la consejería, la Xunta y el Gobierno de Rajoy, que sabe por experiencia que aunque la comida se lleve en un tupper, llega fría.

Pero en este punto de la ecuación topamos con el maldito parné. Porque se supone que algunos, como contribuyentes, pagamos impuestos para garantizar que lo público haga ciertas cosas. Servicios de comedor, transporte a quien lo necesite, bibliotecas, actividades extraescolares, profesores de refuerzo, esas cosas.
Hasta hace unos años así, con sus más y sus menos, ha venido ocurriendo. Con nuestros impuestos, digamos, garantizábamos una educación pública de calidad, que facilita la igualdad de oportunidades. Que es para lo que algunos, insisto, pagamos nuestros impuestos.
Pero es que ahora, ay, los impuestos están a otra cosa.

Los impuestos están, por ejemplo, para el deporte europeo de moda: pagar deudas y amainar mercados. Eso, claro, no nos lo van a decir nuestros políticos, así que prefieren poner sobre la mesa el tupper.
Así no discutimos qué ha pasado con nuestras contribuciones, ni si podemos prescindir de las ayudas a los servicios de comedor en los colegios o la idoneidad del reparto de las partidas presupuestarias. No. Protestamos para evitar que prohiban los tupper. Derecho a un tupper digno y todo eso.
Y nos olvidamos que una vez nuestros impuestos sirvieron para eso hasta que los malgastaron y que ahora nos tocará pagar -otra vez, es decir, a repagar- por un servicio que hasta hace dos días se consideraba parte de lo público.
Y el que no pueda pagarlo, que se aparte con su tupper poco trazable. Toda una parábola de lo que la enseñanza pública de la igualdad de oportunidades acabará siendo de seguir por estos derroteros.

Así que, en fin, quizá sea mejor volver al principio: ¿Por qué llamamos tupper a una fiambrera?
 
Publicado originalmente en: LaSemana.es

20 de febrero de 2013

Da igual

El debate sobre el estado de la nación es esa cosa que nuestra clase política celebra anualmente para dar lustro al Parlamento y que parece interesar únicamente a los periodistas.
En él veremos a un presidente que ha llevado al harakiri a los que escribieron su programa electoral buscar en sus apuntes algún dato económico para el optimismo.
Veremos también al líder del primer partido de la oposición llevarle la contraria por sistema y atizarle con ese caso de supuesta financiación ilegal que no termina por llevarse a nadie por delante.
Después, con suerte, si los medios lo permitimos, veremos qué dicen el resto de partidos, aunque lo que más nos interese sea la encuesta en torno al ganador, como si en la discusión sobre el estado de algo pudiera haber vencedores y vencidos.

Da igual, en cualquier caso, lo que suceda en el Congreso, esa institución tan blindada como nunca antes en la historia de la democracia para evitar que la calle se acerque demasiado.
Da igual porque no nos lo creemos.
El presidente no hallará solución al desastre de los últimos despidos, al goteo continuo de desahucios, a un Estado del bienestar en proceso de desmantelamiento, a la ausencia de un futuro en un país sin tejido industrial ni planes a largo plazo para el modelo productivo.
El líder de la oposición -si es que alguien lidera eso- no se reconocerá, públicamente, incapacitado para liderar absolutamente nada. Entre los partidos minoritarios -que injusto ha sido siempre ese calificativo de los medios- habrá alguno que tape descaradamente sus vergüenzas porque no puede ser ejemplo de nada y habrá alguno que otro que lance brindis al sol esperando que sea suyo el titular de la sección de política del día siguiente.

Con unos partidos políticos esforzándose cada día por aparecer más desacreditados a ojos de la ciudadanía, con una casta estupefacta ante las circunstancias y un país entero protestando por lo negro que pinta el mañana, da igual lo que hagan, porque ya no nos creemos nada.
 
Publicado originalmente en: LaSemana.es

6 de febrero de 2013

Cómplices en Calabria

Imaginad un país en el que todo el establishment -político, económico, aristocrático, judicial, mediático- parece confabulado por una simple cuestión de ambición. Ponedle una banda sonora a lo Nino Rota y llevádle la historia a un guionista estadounidense. Un drama político al más puro estilo hollywoodiense no tendría tanta enjundia como la España actual, que se hunde en una crisis de credibilidad interna sin precedentes.
No hay mucha diferencia entre la mafia calabresa, por ejemplo, y algunos -amplios- sectores de nuestra clase dirigente. En lugar de familias se trata de una casta política formada por familiares, amiguetes y cachorrillos, con sus grupitos de matones y sus afiliados pusilámines, sus curritos y sus capos. Unas estructuras de poder e influencias definidas y engrasadas en las que priman la ambición y los chanchullos; como en las calles, pero a lo grande.
La historia tampoco es nueva. España lleva funcionando así desde hace siglos, con la única diferencia de que en las últimas cuatro décadas nos habíamos creído el cuento de la sana democracia. Mirábamos por encima del hombro a Italia o a Grecia, con Berlusconi y sus astracanadas, con sus políticos metiéndole mano a la caja europea, con su ciudadanía acogotada y dividida en corifeos.
La realidad ha demostrado que no somos tan distintos como creíamos.
Desde la Casa Real a los principales partidos políticos, pasando por gobiernos forales, comunidades y ayuntamientos, nadie parece libre de culpa. Sin embargo, el haber llegado a este punto no es más que una de las consecuencias de la picaresca española, esa de la que presumimos, codo en barra y sonrisa sardónica en la cara, de tanto en tanto.
Todo esto que ahora produce indignación y protestas, pero sobre todo vergüenza ajena, es una réplica a mayor escala de las facturas sin IVA, las bajas médicas falsas, el primo enchufado, los días libres a cuenta de la empresa, el peloteo interesado. En definitiva, uno de esos juegos de trileros en los que a los españoles no hay quien nos gane.
En cierto modo, hemos sido cómplices del desfalco al que se ha sometido al Estado del Bienestar, poniendo nuestro granito de arena con nuestras pequeñas faltas, mirando hacia otro lado cuando éstas sucedían en casa, acordándonos únicamente cuando las cosas han venido mal dadas.
Ahora solo queda esperar que la Justicia actúe con ellos tal y como haría con cualquiera de nosotros, pero eso, me temo, no sucederá. Quizá sea eso lo peor de todo: hemos perdido la esperanza de que el sistema vuelva a funcionar.

PS.- Como enjuague, un dato para el optimismo: las encuestas dan por aniquilado el bipartidismo. Por fin la calle se moja en la política.

Publicado originalmente en: LaSemana.es