10 de octubre de 2007

Kronos, compañero

Quiere borrar los lunares que pueblan tu geografía, robarte los versos, la ficción y la sonrisa, invadir de arrugas tu rostro, convertir en una masa flácida tus sinuosas curvas, desgastar tus huesos y articulaciones y encorvarte lentamente para que tu frente, altiva y arrogante por la juventud, se incline hasta que tu vista sólo pueda descansar en las baldosas sobre las que te obliga a arrastrar tus pies.
Pretende que olvides tu pasado y que mires con desesperanza el mañana, que aborrezcas a los compañeros de viaje a los que antes amabas con fervor -repugnantes sus gestos, insoportables sus palabras- transformar tus manos en herramientas inútiles para labrar eso que llamas futuro y que, en el fondo, sólo es una más de sus trampas para convencernos de que cada paso hará que nos alejemos de la maraña.
Intenta tomarse barra libre con tus deseos, emociones y sentimientos, y lo consigue. Te arrebata cada uno de ellos para confundirlos entre sí y devolvértelos corrompidos por la escasez de memoria, las mentiras del pensamiento o los adornos de la voluntad, de tal forma que lo que era amor ahora es sólo carne y lo que fue una buena noche, un triste vacío existencial.
Nunca hace ni una sola concesión, da igual que su víctima esté completamente derrotada, proclame a gritos su rendición y no espere más que su estocada, le aferra con sus garras, le exprime entre sus dedos y observa, lacónico, como su presa se deshace lentamente, convertida en fina arena color ceniza, otro cadáver que arrojar al mar.
Del polvo venimos, y al polvo volveremos.