10 de diciembre de 2009

Copenhague

Si en una madrugada de estas tontas me apetece montarme un plan creo que me apuntaré a una cumbre del clima, como la de Copenhague.
Centenares de limusinas y jets privados, noches de hotel en habitaciones kingsize, menús de primera y tour por una encantadora ciudad del norte europeo.
Trabajo, poco. Los líderes mundiales no creen que vaya a resultar muy útil el encuentro, así que tampoco hace falta esmerarse mucho.
Y ojo, porque la oferta incluye sexo gratis si acudes con tarjeta azul de delegado.
Aquello no es una cumbre, es la fiesta que todo ser humano desearía para la próxima Nochevieja. Me lo adornan con varias fotos del centro histórico de la capital y pago el paquete turístico para pasar el puente.
La cumbre de Copenhague no deja de ser una inversión monumental de dinero, un gasto innecesario de energía y recursos, unos niveles lujo y contaminación indignantes.
No se plantearán objetivos reales, no se adquirirán compromisos reales y lo que se acuerde será tan a largo plazo que ninguno de los que ahora está allí tendrá que dar explicaciones por el fracaso.
Ironizo, pero es una de esas cosas que provoca que uno se plantee montar una célula terrorista. O que piense que si el fin del mundo llega en 2012, nos lo merecemos.
Y Ronald Emmerich, el primero.

2 comentarios:

Carlos Hergueta dijo...

A ti muchas cosas te dan ganas de montar una célula terrorista. El día que inventaron la lucha contra el cambio climático los líderes mundiales se hicieron pajotes; se dieron cuenta que tenían fiestas y viajes a gastos pagados cuyos resultados no hay que justificar. Todo el mundo da por hecho de que se va, se habla mucho y no se hace nada. Bueno, ahora sí, ahora putas gratis.

El círculo cuadrado dijo...

amen